DIA DE ELECCIONES - MI REGISTRO

 


DIA DE ELECCIONES - MI REGISTRO

Hoy no es un domingo cualquiera. Es día de elecciones en el Perú, ese momento que cada cinco años regresa para colocarnos frente a una decisión mayor: elegir al presidente y a los congresistas. Pero hoy no quiero hablar como analista ni como técnico, sino como ciudadano, como hombre que ha vivido varias décadas, y que ahora, a sus 71 años, observa este acto con una mirada distinta.

Desde anoche, las dudas y la angustia crecieron. Hubo momentos en que imaginé escenas sombrías, como si el futuro marchara entre sombras, acompañado de trompetas apocalípticas. Quizá sea una exageración de la mente cansada, o quizá sea el reflejo de un país que no logra encontrar calma. Pero lo cierto es que mi tranquilidad no estaba conmigo. Me pregunté: ¿por qué esta vez siento más preocupación que antes? ¿Será que el futuro, siempre incierto, ahora se presenta más oscuro?

He vivido elecciones desde los años 80. He visto esperanzas levantarse y también derrumbarse. Pero hoy hay algo diferente: mi voto ya no es obligatorio. A mi edad, la ley me concede la libertad de decidir si voto o no. Es un derecho que tienen muchas sociedades avanzadas. Y sin embargo, esta libertad no me trae paz, sino una nueva responsabilidad.

En una democracia, las elecciones son vitales. Y mi formación, mi historia, me dicen que debo votar con la razón y no con la emoción. La razón me exige elegir al mejor: al que tenga experiencia, al que cuente con equipos sólidos, al que presente propuestas coherentes y, sobre todo, al que tenga una conducta moral intachable. También me dice que no debo votar por aquellos que han tenido responsabilidad en los últimos años, porque hemos visto cómo se ha debilitado la seguridad, cómo la institucionalidad ha sido erosionada y cómo el manejo de los recursos públicos ha dejado mucho que desear.

Pero no todo es razón. En mi interior también se mueven otros elementos: las encuestas, los debates, los acontecimientos recientes. Y aparece un conflicto inevitable: el candidato que considero el mejor quizá no tenga opción de pasar a la segunda vuelta. Entonces surge otra lógica, más pragmática, más dura: “que mi voto no se pierda”. Y sin darme cuenta, empiezo a considerar no al mejor, sino al que podría ganar, al que al menos no esté comprometido con lo ocurrido. Aquí ya no decide la razón pura, sino el temor a elegir sin efecto.

A todo esto se suma algo personal: hoy voto como jubilado. Durante años, mis decisiones estaban ligadas al trabajo, al crecimiento, al futuro económico. Hoy no. Hoy mi prioridad es la tranquilidad, el tiempo para escribir, para pensar, para publicar. No escribo para vender, sino para vivir. Para jugar, si se quiere, con las palabras, con la memoria, con la vida. Mi voto ha cambiado porque yo he cambiado.

Y no puedo dejar de mirar hacia atrás. Recuerdo el año 1990, cuando una elección transformó mi destino y me llevó a salir del país. Hoy me pregunto si estamos frente a otro momento de quiebre. No lo sé. Pero la pregunta está allí, latente.

Por eso hoy, más que votar, quiero registrar. Registrar mi sentir, mis dudas, mis reflexiones. Porque estos momentos, aunque parezcan cotidianos, son historia viva.

¿Qué enseñanzas me deja este día?

Primero, que el voto sigue siendo un acto fundamental. Cada ciudadano debe elegir según su conciencia, buscando lo mejor para el país.

Segundo, que las dudas que sentimos no son gratuitas. Vienen de experiencias recientes que han dejado heridas. Y eso nos obliga a reflexionar más profundamente sobre el valor real de nuestro voto.

Tercero, que la vida también nos ubica en distintos lugares. Hoy, por mi edad, me toca estar más en la tribuna que en la arena. Observo, reflexiono, y acepto, con serenidad, el resultado que venga.

Pero si algún joven me escucha, quiero decirle algo con claridad: no esperen todo del gobierno. Construyan su propio camino. Estudien, trabajen, disciplínense. Aunque el mundo parezca adverso, aunque sientan que están en un sistema que limita, recuerden que dentro de ustedes está la fuerza para salir adelante.

Porque al final, más allá de quién gane, el verdadero país también se construye desde cada uno.



MI DIA DE VOTO


La noche no avanza…
mi angustia crece.

Piso el infinito,
y mi mente no resiste
sorpresas dolorosas.

Mi tranquilidad no existe…
¿dónde está?

El día siguiente suena a nubarrones,
llegan trompetas apocalípticas…
es el camino
a la cruz del olvido.

¿En qué me apoyo?
¿En quién?

Duendes, Delfos,
díganme cómo digiero
este aire cruel,
apiadándose de mi suerte.

Y entonces…
desde la memoria viva,
Luchi me toca el hombro,

mi madre…
con su eterna paciencia.

Y en voz que no se ha ido,
me dice:

—Acuchito… descansa,
el Perú tiene suerte.

 

Amaneció…
y aún está medio oscuro.

Apoyo mi frente en la ventana,
y las huellas de mi pasado
regresan.

Prepárate…
hay que salir a votar.

Me ruge la conciencia.

 

Aunque no esté obligado,
aunque gobiernen los perdedores,

mi esperanza
por un Perú mejor
sigue viva en mis venas.

 

Mi razón exige:
votar por el mejor,

por el que tiene experiencia,
por el que tiene equipo,
por el que ostenta valores.

 

Pero también exige:
no votar por los que gobernaron,

por los que dejaron delincuentes
en cada cuadra,
por los que no trabajan…
y sin embargo tienen dinero.

 

Hoy caminaré
mirando el viento.

Entraré en las conciencias
de los votantes.

Desde la tribuna
describiré cada instante…

porque, como jubilado,
habito otro mundo.

 

A los jóvenes les digo:

voten por ustedes.

Porque aquel que no los considera
está lleno de trampas.

Participen,
vivan este acto.

Porque de ustedes depende
el futuro.

 

Y al final…
entre dudas y urnas,

voto…

con la voz de mi madre

en el corazón..


AUTIDOS:

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