UN DÍA PARA NO OLVIDAR
UN DÍA PARA NO OLVIDAR Aquella tarde, el aire a las afueras de la ciudad pesaba con una densidad distinta: un olor a humo lo impregnaba todo. Habían pasado casi tres horas desde la una de la tarde y era el tiempo de emprender el regreso a casa con cuatro acompañantes. Alrededor no había más que silencio y desolación. De pronto, al intentar encender el auto para salir de aquel lugar, el motor no reaccionaba. Había quedado completamente inoperativo. Todo había comenzado por la mañana. El programa para darle el último adiós a don Indalecio en su casa marcaba el mediodía como límite antes de partir hacia su descanso final. Era viernes, un día laboral para la mayoría, pero mi condición de jubilado me otorgaba el privilegio de administrar el tiempo a mi manera. Me organicé sin prisas y llegué a las once, con el margen adecuado para acompañar a la familia. Con una puntualidad casi matemática, las carrozas fúnebres aparecieron veinte minutos antes de las doce. En la calle, frente a...