LA CIENCIA Y EL ANIVERSARIO DE LEON XIV

 


La ciencia y el aniversario de León XIV: la esencia nos aproxima

Agustín Zúñiga Gamarra

Resumen

El presente ensayo tiene su origen en una conversación familiar cotidiana, surgida después de un almuerzo, donde distintas generaciones intercambiaron ideas sobre fenómenos como extraterrestres, fantasmas y horóscopos. A partir de este diálogo, se plantea una reflexión sobre la tensión contemporánea entre creencias populares y conocimiento científico, destacando la importancia de la cultura científica entendida como la capacidad de someter afirmaciones a prueba y sustentarlas en evidencia. Asimismo, se aborda el carácter dinámico de la ciencia, que no propone verdades absolutas, sino explicaciones provisionales sujetas a revisión, la falsabilidad y la crisis de paradigmas. En un segundo momento, el texto conecta esta perspectiva con el primer aniversario del pontificado de León XIV, resaltando la complementariedad entre la fe —expresada en la tradición agustiniana— y la duda metódica propia de la ciencia. Finalmente, se propone una visión de la paz como construcción activa, basada en la colaboración para garantizar condiciones fundamentales de dignidad humana, tales como el acceso al agua, el cobijo, el empleo, la salud, la educación y la conectividad, en un marco de libertad. De este modo, el ensayo invita a articular pensamiento crítico y compromiso social como vías convergentes hacia una comprensión más plena de la realidad

1. Introducción: el origen cotidiano del pensar

El origen de esta reflexión no se encuentra en un laboratorio ni en un aula universitaria, sino en un espacio más cercano y humano: la mesa familiar. Después de un almuerzo compartido, en un ambiente distendido donde confluyen generaciones distintas, surgió de manera espontánea un tema recurrente en la vida cotidiana: los extraterrestres, los fantasmas, sillas que se mueven, los horóscopos. Historias que despiertan curiosidad, asombro y, en muchos casos, una aceptación casi inmediata.

En medio de ese intercambio, alguien formuló una pregunta directa, sin pretensiones académicas, pero cargada de sentido: “¿Por qué tú no crees en esas cosas?”. La interrogante no solo apelaba a una postura personal, sino que abría una puerta más profunda: la forma en que cada uno construye su relación con la realidad. Mientras algunos participantes encontraban en estas narrativas una fuente de entretenimiento o incluso de convicción, otros buscábamos una explicación más allá de la impresión inicial, una explicación sustentada en aquello que conocemos como ciencia.

La conversación, lejos de ser un simple intercambio anecdótico, se convirtió en un punto de partida para reflexionar sobre cómo se forman nuestras creencias, qué lugar ocupa la evidencia en nuestras decisiones y hasta qué punto estamos dispuestos a cuestionar aquello que nos resulta atractivo o familiar. Así, lo que comenzó como un diálogo cotidiano fue tomando la forma de una inquietud mayor: ¿cómo discernir entre lo que sentimos, lo que creemos y lo que podemos conocer? Este intercambio revela una tensión contemporánea entre creencia, emoción y conocimiento.

2. Ciencia y misterio: el criterio de la evidencia

2.1. Las leyes que rigen la naturaleza

Frente a la diversidad de relatos que atribuyen a lo desconocido la explicación de ciertos fenómenos, la ciencia propone un punto de partida claro: la naturaleza no es arbitraria, sino que está regida por leyes. En el marco de la física moderna, se reconoce que las interacciones fundamentales del universo pueden describirse a través de cuatro fuerzas: la gravitatoria, que actúa entre masas a gran escala; la electromagnética, responsable de las interacciones entre cargas eléctricas; y las fuerzas nucleares fuerte y débil, que operan en el ámbito subatómico.

Este conjunto de interacciones, sistematizado en teorías como el Modelo Estándar de la física de partículas, constituyen las bases más sólidas del conocimiento científico contemporáneo. Desde esta perspectiva, cualquier fenómeno que implique movimiento, interacción o cambio en el estado de un sistema debe, en principio, poder explicarse a través de estas fuerzas. Así, cuando se afirma que un objeto se desplaza sin causa aparente o que una entidad invisible produce efectos físicos, la pregunta fundamental no es de incredulidad inmediata, sino de análisis: ¿qué tipo de interacción está teniendo lugar y cómo se inscribe dentro de las leyes conocidas?

Como señalaba Richard Feynman, “lo que no puede ser explicado en términos de leyes naturales, aún no ha sido comprendido, pero no por ello queda fuera del dominio de la investigación científica”. Esta afirmación no cierra la puerta al misterio, sino que lo sitúa en un terreno donde la curiosidad se acompaña de método y rigor.

2.2. Límites físicos: el caso de la relatividad

Un segundo aspecto relevante en esta discusión es el reconocimiento de los límites que la propia naturaleza impone. En el ámbito de la Relatividad Especial, formulada por Albert Einstein en 1905, se establece que la velocidad de la luz en el vacío constituye un límite fundamental para la propagación de información y el movimiento de objetos con masa.

A medida que un cuerpo material se aproxima a esta velocidad, la energía necesaria para continuar acelerándolo crece de manera desproporcionada, tendiendo a valores extremadamente altos (infinito si se igual a la velocidad de la luz). En términos prácticos, esto implica que acelerar un objeto macroscópico hasta velocidades cercanas a la luz requeriría cantidades de energía que exceden cualquier posibilidad terrenal actual. Este hecho introduce un criterio físico concreto frente a ciertas afirmaciones sobre desplazamientos extraordinarios --"surgió unos platillos o naves, que luego de posarse en lo alto desaparecieron rapidísimo"-- o tecnologías no observadas: no se trata solo de imaginar lo posible, sino de contrastarlo con lo que las leyes del universo permiten.

De este modo, la ciencia no niega por principio, sino que establece condiciones. Y es precisamente en ese marco donde el misterio encuentra su verdadero valor: no como afirmación incuestionable, sino como punto de partida para una indagación que exige evidencia, coherencia y respeto por los límites que la naturaleza nos revela (Einstein, 1905)

2.3. Cultura científica: falsabilidad y evidencia

Si algo distingue al conocimiento científico de otras formas de interpretación de la realidad, es su disposición permanente a ser cuestionado. En este sentido, la noción de falsabilidad, propuesta por Karl Popper, constituye un criterio fundamental: una afirmación es científica solo si puede, en principio, ser refutada por la experiencia. Es decir, no basta con que una idea sea plausible o atractiva; debe estar formulada de tal manera que pueda ser puesta a prueba y eventualmente demostrada como falsa.

Este principio introduce una exigencia rigurosa: toda explicación debe exponerse al contraste con la realidad. De ahí que la evidencia empírica —observaciones verificables, experimentos reproducibles— se convierta en el soporte indispensable del conocimiento. En ausencia de evidencia, una afirmación puede pertenecer al ámbito de la creencia, de la tradición o de la imaginación, pero no al de la ciencia.

Desde esta perspectiva, la cultura científica no consiste únicamente en acumular información, sino en desarrollar una actitud crítica: preguntar cómo se sabe lo que se afirma, bajo qué condiciones podría dejar de ser válido, y qué tipo de pruebas lo respaldan. Es, en esencia, una forma de responsabilidad intelectual frente al mundo.  La divulgación tiene como regla de respeto al público "prefiero no saber a ser engañado". 

2.4. Ciencia como proceso dinámico

Sin embargo, reconocer la importancia de la evidencia no implica asumir que la ciencia ofrece respuestas definitivas e inmutables. Por el contrario, el conocimiento científico se caracteriza por su carácter dinámico y provisional. En esta línea, Thomas Kuhn, en su obra de 1962, introdujo la idea de que la ciencia avanza a través de cambios de paradigma: periodos en los que un conjunto de teorías y métodos domina la comprensión de la realidad, hasta que ciertas anomalías acumuladas generan una crisis que da paso a un nuevo marco explicativo.

Este proceso no es lineal ni exento de tensiones. Implica revisión, debate, e incluso ruptura con concepciones previamente aceptadas. Lo que en un momento se considera una explicación suficiente puede, con el tiempo, resultar limitado frente a nuevas evidencias. Así, la ciencia no se presenta como un edificio terminado, sino como una construcción en permanente transformación.

Comprender este carácter dinámico permite evitar dos extremos: el dogmatismo, que convierte a la ciencia en un conjunto de verdades incuestionables, y el relativismo absoluto, que niega su capacidad de aproximarse a la realidad. Entre ambos, la ciencia se sostiene como un esfuerzo colectivo por comprender mejor el mundo, sabiendo que cada respuesta abre nuevas preguntas. La ciencia no elimina el misterio; lo somete a criterios.

3. Creencia y sentido: una lectura desde la cultura

Si en la sección anterior el énfasis estuvo en el criterio de la evidencia, corresponde ahora dar un paso hacia otra dimensión igualmente constitutiva del ser humano: la necesidad de sentido. Porque no todo en la experiencia humana se reduce a explicación; también hay búsqueda, orientación, significado. Y es en ese ámbito donde la cultura, la tradición y la reflexión filosófica han ofrecido caminos diversos. Este espacio es más de la vida como comunidad que de raciocinio frío. Precisamente, quien escribe tuvo una estadía de tres años durante su formación como estudiante de secundaria en el Seminario San Francisco de Sales (Huaraz, regido por los padres benedictinos), donde el mensaje era: ora et labora -- un contexto de respeto hacia la búsqueda de la esencia por otras vias distintas a los números. 

3.1. El pensamiento de San Agustín

En la tradición cristiana, una de las expresiones más influyentes de esta búsqueda se encuentra en San Agustín de Hipona, quien formuló una idea que ha atravesado siglos de pensamiento: “cree para comprender”. Esta afirmación no propone una renuncia a la razón, sino un punto de partida existencial. Sugiere que hay dimensiones de la realidad —particularmente aquellas vinculadas al sentido último de la vida— que requieren una disposición previa de confianza para ser comprendidas.

Creer, en este contexto, no equivale a aceptar sin cuestionar, sino a abrirse a una posibilidad de significado. Es un acto que antecede a la comprensión plena, reconociendo que no todo puede ser captado de manera inmediata por la razón analítica. Así, la fe se presenta como un camino hacia la comprensión, no como su negación.

3.2. La ciencia y la duda

En contraste —aunque no necesariamente en oposición—, la ciencia ha desarrollado su propio principio orientador: la duda metódica. Podría sintetizarse en la expresión: “duda para aprender”. Aquí, el conocimiento no parte de la aceptación, sino del cuestionamiento sistemático. Se trata de interrogar, verificar, someter a prueba cada afirmación antes de integrarla al cuerpo del saber.

La duda, lejos de ser un signo de debilidad, constituye una herramienta fundamental. Permite depurar errores, evitar engaños y avanzar hacia explicaciones más consistentes. En este sentido, la ciencia no exige creer para comenzar, sino preguntar para avanzar.

Síntesis

A primera vista, estos dos enfoques podrían parecer irreconciliables: uno invita a creer, el otro a dudar. Sin embargo, una lectura más profunda revela que ambos responden a dimensiones distintas de la experiencia humana.

Creer y dudar no se oponen; se complementan en la búsqueda humana.

Creemos para orientarnos, para dar sentido a nuestra existencia.
Dudamos para conocer, para aproximarnos a la realidad con mayor precisión.

Entre ambos movimientos —confianza y cuestionamiento— se despliega la riqueza del pensamiento humano. Reconocer esta complementariedad no diluye las diferencias, pero permite comprender que la tensión entre fe y razón, lejos de ser un conflicto insoluble, puede constituir un espacio fecundo de reflexión. Al final, si existe una sola verdad sobre el ser humano, las vías para alcanzarla -ya sea desde la creencia o desde la duda-- son menos importantes que el destino común: comprender esa verdad para, con ella, aprender a amar al prójimo, ser personas de bien y constructores de paz. 

4. Un liderazgo en tiempos de incertidumbre

En un contexto global marcado por tensiones sociales, conflictos armados, desigualdades persistentes y una creciente fragmentación del diálogo público, la figura del liderazgo adquiere una relevancia particular. No se trata únicamente de dirigir, sino de orientar, de ofrecer sentido en medio de la complejidad. Es en este escenario donde resulta pertinente considerar el primer año del pontificado de Papa León XIV como una oportunidad para reflexionar sobre el tipo de liderazgo que el mundo contemporáneo requiere.

4.1. Perfil del Papa

El perfil de León XIV reúne elementos poco comunes en una sola trayectoria. Su formación como matemático lo vincula con el pensamiento lógico, estructurado y riguroso; su pertenencia a la tradición agustiniana lo sitúa en una línea de reflexión espiritual profunda; y su experiencia como misionero en el Perú lo conecta con realidades concretas, marcadas por la desigualdad, la diversidad cultural y los desafíos sociales.

Esta conjunción de dimensiones —ciencia, espiritualidad y experiencia social— configura una mirada integral. No es la abstracción de quien observa desde la distancia, ni la especialización aislada de quien se limita a un campo específico. Es, más bien, una perspectiva que articula conocimiento y experiencia, razón y sensibilidad, teoría y vida.

En un mundo donde con frecuencia se privilegian las respuestas rápidas o las posiciones polarizadas, un liderazgo con estas características ofrece la posibilidad de un enfoque más equilibrado, capaz de dialogar con distintos ámbitos del saber y de la existencia humana. 

4.2. La paz como construcción

En este marco, la reflexión sobre la paz adquiere un sentido particularmente concreto. Con frecuencia, la paz es entendida como la ausencia de conflicto, como un estado deseable pero abstracto. Sin embargo, esta concepción resulta insuficiente si no se traduce en acciones que transformen las condiciones reales de vida de las personas.

Construir paz es colaborar en los caminos que conducen a ella.

Esta afirmación desplaza la paz del plano declarativo al ámbito de la responsabilidad compartida. No se trata únicamente de aspirar a un mundo sin violencia, sino de intervenir activamente en los factores que la hacen posible.

La paz comienza en lo esencial: en el acceso al agua potable, que garantiza condiciones básicas de vida; en el cobijo digno, que resguarda la integridad de las personas; en el empleo, que permite sostener la vida con autonomía. A partir de estas bases, se abren otras dimensiones igualmente necesarias: la salud, como cuidado integral; la educación, como formación y oportunidad; el acceso digital, como inclusión en el mundo contemporáneo.

Todo ello debe desarrollarse en un marco de libertad, entendida no solo como ausencia de coerción, sino como posibilidad real de elegir, de participar, de construir un proyecto de vida con dignidad.

Desde esta perspectiva, la paz no es un punto de llegada automático, sino un proceso que exige compromiso, articulación y voluntad colectiva. Implica reconocer que las condiciones materiales y simbólicas de la existencia están profundamente entrelazadas, y que su mejora constituye una tarea ética antes que un simple ideal.

En este sentido, un liderazgo que ha conocido de cerca las realidades humanas más complejas puede aportar no solo un discurso sobre la paz, sino una invitación a construirla desde lo concreto, desde lo cotidiano, desde lo posible

5. Discusión: entre el misterio y la responsabilidad humana

A lo largo de estas páginas se han entrelazado diversos planos de la experiencia humana: las creencias que emergen en la vida cotidiana, la ciencia como herramienta de comprensión, la cultura como espacio de sentido y la ética como horizonte de acción. Lejos de constituir ámbitos aislados, estos elementos configuran una red compleja en la que se define nuestra manera de habitar el mundo.

Las creencias populares —como aquellas que aluden a fantasmas, extraterrestres o prácticas esotéricas— no pueden ser reducidas únicamente a error o ingenuidad. Forman parte de una dimensión simbólica en la que el ser humano busca explicar lo desconocido, enfrentar la incertidumbre o simplemente encontrar formas de asombro. Sin embargo, cuando estas creencias pretenden ocupar el lugar del conocimiento, surge la necesidad de establecer criterios que permitan discernir.

En este punto, la ciencia se presenta no como una negación del misterio, sino como una herramienta para abordarlo con rigor. Su valor no radica en ofrecer certezas absolutas, sino en proporcionar métodos para distinguir entre lo verificable y lo meramente afirmado. La ciencia no sustituye la experiencia humana, pero sí introduce una disciplina del pensamiento que resulta indispensable en sociedades donde la información circula de manera masiva y, con frecuencia, sin filtros.

La cultura, por su parte, actúa como el marco en el que estas tensiones se expresan y adquieren significado. Es en la cultura donde conviven tradiciones, narrativas, conocimientos y prácticas diversas. Por ello, promover una cultura científica no implica eliminar otras formas de expresión, sino enriquecerlas con herramientas que permitan una comprensión más crítica y consciente de la realidad.

Finalmente, la ética orienta el uso que hacemos de ese conocimiento. No basta con comprender el mundo; es necesario decidir qué hacemos con esa comprensión. En este sentido, la propuesta de construir paz a través de la colaboración concreta introduce una dirección clara: el conocimiento debe estar al servicio de la dignidad humana.

En la intersección de estos elementos se sitúa una cuestión fundamental: la responsabilidad de pensar. En un entorno donde abundan las afirmaciones inmediatas, las explicaciones simplificadas y las respuestas emocionales, el ejercicio del pensamiento crítico se vuelve una tarea imprescindible.

El problema no es creer, sino renunciar a pensar.

Creer puede ser una forma legítima de buscar sentido. Pero cuando la creencia sustituye al pensamiento, cuando se evita la pregunta, la verificación o el diálogo, se pierde una de las capacidades más valiosas del ser humano: la de comprender activamente su realidad.

Entre el misterio y la evidencia, entre la emoción y el conocimiento, se abre así un espacio de responsabilidad. Y es en ese espacio donde se decide, en última instancia, la calidad de nuestras convicciones y el rumbo de nuestras acciones.

6. Conclusiones

A partir de la reflexión desarrollada, es posible sintetizar algunas enseñanzas fundamentales que articulan el vínculo entre ciencia, cultura y responsabilidad humana:

En primer lugar, la cultura científica se revela como un componente esencial para una sociedad informada. No se trata únicamente de adquirir conocimientos especializados, sino de desarrollar una actitud crítica que permita distinguir entre afirmaciones sustentadas y creencias no verificadas. En un contexto donde la información circula con gran velocidad, esta capacidad resulta indispensable para la toma de decisiones responsables.

En segundo lugar, la ciencia debe ser comprendida en su naturaleza propia: no como un sistema de verdades absolutas, sino como un proceso en permanente construcción. Su fortaleza radica precisamente en su capacidad de revisión, en su apertura a la corrección y en su disposición a evolucionar frente a nuevas evidencias. Reconocer este carácter dinámico evita tanto el dogmatismo como el escepticismo radical.

En tercer lugar, la paz no puede ser concebida como una idea abstracta o un estado pasivo. Requiere acción concreta, colaboración sostenida y compromiso con las condiciones materiales que hacen posible una vida digna. Garantizar acceso al agua, al cobijo, al empleo, así como a la salud, la educación y la conectividad, constituye una forma efectiva de construir paz en la vida cotidiana.

Finalmente, el ser humano aparece como el punto de encuentro entre conocimiento y sentido. Es en la persona donde convergen la capacidad de comprender el mundo y la necesidad de otorgarle significado. Esta doble dimensión —racional y existencial— no debe entenderse como una tensión irreconciliable, sino como una oportunidad para integrar pensamiento crítico y responsabilidad ética en la construcción de una sociedad más consciente y más justa.

7. Referencias

Popper, K. (1934/2002). La lógica de la investigación científica

Kuhn, T. (1962). La estructura de las revoluciones científicas

Einstein, A. (1905). Sobre la electrodinámica de cuerpos en movimiento

Dal Maschio, E. A. (2015). San Agustin - El Doctor de la Gracia contra el Mal.

Feynman, R. (1963/2006). Seis piezas fáciles

Lima, 3 de mayo de 2026


La versión de la radio se puede ver y oir en el siguiente enlace: 

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