MAMÁ VIVE POR SIEMPRE
Hay momentos únicos en nuestras vidas. Unos son de dolor y otros de alegría. Después de algunos años vuelvo a una de estas escenas. Se trata nada menos del fallecimiento de una madre de una familia muy cercana a la nuestra, nos sentimos como parte de una misma familia.
Así hoy venía en la movilidad pensando en ello: ¿Cómo enfrentamos una situación tan excepcional como esta? La muerte de un familiar produce dolor y tienen diferentes niveles de intensidad, se reconoce que entre los máximos está cuando se trata de la propia madre.
Entonces, quienes venimos a acompañar este dolor queremos transmitir solidaridad y comprensión, ¿pero podremos hacerlo realmente?
En este sentido quiero acompañarlos a ustedes desde la posición del narrador invisible que se ha trepado al púlpito y nos habla. Nos dice que el dolor por la pérdida o fallecimiento de la madre está entre los dolores más fuertes que el ser humano recibe en su vida. Y por eso, para acompañar ese dolor, los amigos están aquí.
En el camino para aminorar este sufrimiento, en primer lugar, debemos reconocer que, como seres humanos, tenemos que pasar inexorablemente por esta etapa de la muerte. Cuando eso ocurre, el tránsito presenta tres momentos.
El primer momento corresponde al DOLOR, y nos dice que, como humanos, debemos expresar y demostrar todo lo que sentimos; no reprimirnos, porque esa es una forma saludable de vivir y continuar. Es saludable para la familia o las amistades que quedan a nuestro lado. Es dar salida a lo emocional, que forma parte de nuestra condición humana.
El segundo momento corresponde a la RAZÓN, a la comprensión y aceptación de que, como seres biológicos, nuestra especie tiene inicio y fin, nacimiento y muerte. Esto es inexorable, porque los organismos de los que estamos compuestos poseen un reloj biológico que indica que nuestras partes se van agotando y, con el tiempo, comienzan a fallar hasta que ya no se pueden recuperar, deviniendo así en el final. Todos pasaremos por esta etapa.
Finalmente, hay un tercer momento que corresponde a la TRASCENDENCIA. Es cuando, luego de haber transitado por el dolor y la comprensión, llegamos al momento más reparador. Puede tardar algún tiempo, pero es cuando reconocemos y sentimos que nuestra madre vive en nosotros, en nuestras maneras de ser y de comportarnos. Está vigente en nuestros hijos, sus nietos o bisnietos: así era su rostro, así era su carácter.
Ese momento de la trascendencia es independiente del lugar y del tiempo donde estemos. Viajará con nosotros; estará en la mesita de noche o en la sala cuando veamos su fotografía. Y ella, con su amor y calma, nos estará diciendo: cuidado, no te amilanes, tienes fuerza, sigue adelante, tú sabes, tú puedes.
Y también, cuando alguno de nuestros hijos exprese una broma o nos increpe, también diremos: he ahí a mi madre. Y clamaremos en nuestro interior: mi madre no ha viajado para desaparecer; ella está con nosotros, mostrándonos lo mejor que tuvo: dulzura, alegría, colaboración y mucha entereza.
Entonces llegará el momento de paz y tranquilidad, y diremos con plena seguridad: mamá, te llevamos y te llevaremos siempre a donde estemos en nuestra mente y corazón.
Así, la madre vivirá en nosotros eternamente, y eso permanecerá en nuestros hijos, en sus familiares y amistades. Esa presencia, promoverá en sus descendientes el aire vital para buscar la unión, y enfrentar la vida en armonía, ayudándose como vuestra madre quiso.
Mamá, descansa y viaja en paz
La Pluma del Viento
Lima, 11 de enero de 2026
NOTA: He preparado esta nota hoy por la mañana, porque en una hora salimos para el velorio y visita al campo sando donde reposará la madre de Gaby.
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