EL BAÚL Y LOS QUE AÚN ESTAMOS
EL BAÚL Y LOS QUE AÚN ESTAMOS
Reencuentro de calma
Hacía como un mes que no escribía
así, al empezar la mañana, casi en ayuno, con la cabeza todavía limpia. No sé
por qué volví hoy. Quizá porque ayer me reuní con mis hermanos mayores; quizá
porque se me fue el internet repentinamente y me quedó tiempo. Sea como fuere,
aquí estoy otra vez con la pluma.
Cada paso nuevo en la vida, cada
momento en que las dudas aumentan, recurro a mi baúl, y te invito a recurrir al
tuyo. Es la fuente de la sabiduría, porque es el reencuentro con la propia
esencia: la familiar, la geográfica, la laboral. Con calma se abren sus
páginas, y se alcanza la motivación, la paz y la luz.
Es reencontrarme con mis retablos:
la casita cálida y la familia reunida; la callecita del juego y de los cuentos
de la cuadra; las legendarias aulas de la escuela; el campo pedregoso de
fútbol; las misas ceremoniosas del enigmático padre. Siempre está allí el
consejo, o la alegría de mis padres y de mis hermanos. Todos vuelven con lo
mejor que me dejaron.
¿Cómo no hallar allí motivación
ante el decaimiento, esperanza frente al abandono, calma frente a la duda?
Quien abre su baúl se hace inexpugnable al fracaso y a la desesperación, porque
los suyos han trascendido el tiempo y el espacio: están con uno en el momento y
el lugar en que se los necesita.
Pero el baúl no guarda solo a los
que se fueron. Ayer me lo recordó una llamada. Nos reunimos por teléfono los
hermanos mayores de la familia. La invitación era para todos los que pudieran,
y solo ingresaron tres. Entendí algo: cuando uno se hace mayor la soledad
aumenta, porque el tiempo aumenta; ya no se trabaja, se está jubilado, las
presiones son menores, y ese tiempo se llena de silencio. Y me pregunté: si en
el último año no tuvimos ninguna reunión, ni virtual y menos presencial,
¿querrá decir que a los mayores de 70 u 80 hemos decidido visitarlos solo
cuando caigan enfermos en el hospital, o cuando sus restos estén en el
velatorio?
Hoy, al amanecer, lo pienso desde
mi punto de apoyo y veo que esto debería corregirse. Pero si no se planteó
antes, es que así somos: así ocurrió con los tíos y otros familiares. Si con
los hermanos no nos frecuentamos, menos con los sobrinos. Es nuestra cultura.
¿Será solo la de mi familia, o también ocurre en el mundo?
Lo siento con mayor énfasis porque
ahora me toca a mí. A mis 71 años llegó el dolor: la clínica, la consulta, las
horas de espera solo para una prueba, los días de preocupación por si los
resultados eran graves; el dolor al sentarme por la hernia lumbar activada,
luego el dolor a la garganta por el reflujo gástrico. Antes nada de eso me
ocurría. Seguro que mis hermanos mayores, dos mujeres y un hombre, sintieron
cosas similares, y yo nunca les pregunté cómo iban. Nunca los acompañé a la
clínica. Solo les pedí alegría: cuando venían a casa, cuando hablamos por
teléfono. No los visito en su casa, porque a modo de justificación les digo que
mi tiempo es limitado: leo, escribo, dicto clases.
Pero eso debería cambiar. El
tiempo de tenerlos con salud se acorta, y no me gustaría repetir lo que dije
pensando en mi madre: «quería compartir esta cafetería, este teatro, este
parque… y ya no estás».
¿Es la costumbre, la cultura que
yo impuse, o la que mi familia se impuso, o a la que simplemente se acostumbró
al llegar a la gigante capital del Perú? Quisiera que fuera distinto: una
reunión en casa al menos cada tres meses, donde se junten los que cumplieron
años; ir al teatro una vez cada seis meses; encontrarnos en algún lugar bello
de Lima.
Tal vez pienso esto porque me
estoy poniendo más viejo, y al no salir de casa siento ese dolor, esa soledad.
Quizá sí. Pero que la causa sea la edad no vuelve falso lo que veo.
Quizá nos cuesta porque somos humanos
y de nuestros genes emana el egoísmo; pero nuestra historia también nos inoculó
el altruismo. Ambos coexisten con nosotros, y según las circunstancias
prevalecerá uno u otro.
Por eso importa aprender a
generar condiciones donde reine la paz, el diálogo, la búsqueda permanente de
bienestar para con quienes compartimos la casa, la familia, el barrio, el país.
Si nos habituamos a buscar ese ambiente donde la discordia no puede germinar,
estaremos desarmando la beligerancia y el distanciamiento, y eso es un aporte enorme. Una
reunión cada tres meses parece poca cosa, pero es de esa paz pequeña que se
construye la grande. Y esa es también la motivación de volver al baúl, incluso
en las circunstancias más desfavorables.
Lo que me sostiene en esto no es
una creencia. No soy creyente: de niño fui católico, pero desde que ingresé a
la universidad y me gradué físico, me hice agnóstico. Sin embargo, me place
leer las encíclicas de los Papas y los textos que ellos escriben; no me gustan
los intérpretes. Siempre tuve presente a San Agustín y su «cree y
comprenderás»; yo, con mi formación de ciencias, digo: «duda y comprenderás».
También me llamo Agustín. En la
secundaria estudié en un seminario menor para sacerdotes, dirigido por los
padres benedictinos, y lo abandoné en cuarto año: en mi país, desde cuarto y
quinto, o se seguía letras o ciencias, el seminario solo daba letras y a mí me
gustaban las ciencias; desde niño había dicho que sería ingeniero. Me quedó de
allí la disciplina: levantarse temprano, acostarse no más de las diez de la
noche, y ese mensaje tan de ellos, «ora et labora». Yo lo convertí en «lee y
trabaja». Quizá de ahí viene esta costumbre de escribir al amanecer.
Hay una frase que me suena a mi propia idea: «Los gozos y
las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo,
sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son también gozos y esperanzas,
tristezas y angustias de todos nosotros, discípulos de Cristo» (1). No hace
falta ser creyente para sentirlo así; lo siento en mi pensamiento. A mí me
conduce la razón, a otros su fe. Lo valioso es que llegamos a lo mismo. De ahí
un poema que escribí y cerré así: «la fe y la razón se unen en la esperanza».
Quizá por eso volví hoy a la
pluma: para recordarme que el baúl sigue vigente esperando las madrugadas para
llenarlo con los que aún están. Un reencuentro, con calma y esperanza.
La Pluma del Viento ·
Lima, 5 de noviembre de 2026
(1). Concilio Vaticano II. Constitución
pastoral Gaudium et spes (7 diciembre de 1965)

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