MI PERÚ SENTIDO
MI PERÚ SENTIDO nace de una madrugada serena, cuando el
alma despierta antes que el ruido del día y se permite contemplar lo esencial.
En estas fechas patrias, más allá de los discursos
oficiales y los balances políticos, quise detenerme en lo que aún nos conmueve
como nación: los colores que nos envuelven, los aromas que nos definen, los
sabores que compartimos, las músicas que nos narran y los símbolos que aún
tocamos con respeto y amor.
Este texto es un homenaje desde los sentidos, pero
también desde la memoria. Porque el Perú no solo se lleva en la cabeza o en la
boca, sino en la mirada, en la piel, en el gesto cotidiano de vivirlo y
sentirlo.
Aquí comparto, con gratitud, esta evocación de lo que nos une. Porque a pesar de todo, seguimos creyendo.
La patria en colores que desfilan
Lima se viste de rojo y blanco,
como si durante estos días de julio se hubiera puesto su mejor memoria sobre
los hombros. Las calles, las vitrinas, los postes de luz: todo ondea, palpita,
se deja llevar por esa fiebre silenciosa que antecede al 28.
Visité la Plaza Mayor —ese
corazón antiguo de la ciudad que todavía late como si fuera el primero en
recordar—. Allí no hay paso que no esté custodiado por banderas o por la mirada
de algún turista que intenta entender qué significa, de verdad, celebrar al
Perú.
Hace unos días —¿tres?, ¿cinco? —
que ya nadie habla de otra cosa: las Fiestas Patrias lo ocupan todo. En los
barrios, los desfiles escolares se han convertido en pequeñas epopeyas. Hay
entrenamiento, hay orgullo, hay civismo en esos niños que marchan
como si el país dependiera de su paso firme.
Los colores se mezclan: el rojo y
blanco tradicional no se impone, sino que dialoga con el amarillo vibrante de
los estandartes, el verde de los trajes típicos, el celeste de las bandas.
Como si la patria —esa idea tan difícil de definir— hubiera decidido aparecerse
en forma de arco iris: el de la independencia, sí, pero también el del
Tawantinsuyo, que aún canta desde las alturas.
El aroma que sube desde la calle
En las esquinas de los barrios populares, el aire se llena de historia y
sabor. Es una fragancia viva, que sube desde las brasas y los fogones, y que
delata sin necesidad de palabras que estamos en el Perú.
Ahí está el anticucho, con su perfume de ajos, huacatay y
ajíes que se funden en el humo como una ofrenda ancestral. Están los picarones,
cuya miel de higo espesa parece colgar del viento como un saludo dulce al
caminante. Y, cómo no, ese pollo a la brasa que, aun sin verlo, convoca con
autoridad desde la esquina.
Al caer la noche, las carretillas callejeras brotan como
pequeñas constelaciones terrenales. Vuelven los aromas: el ajo, las hierbas
andinas, la grasa crepitante… todo se eleva al cielo como si el Perú supiera
ofrecer incienso, no desde un altar, sino desde su olla.
En julio, incluso los ojos parecen alimentarse por el olfato
En cada plato, un país servido
En los restaurantes, las cartas se convierten en vitrinas del alma peruana:
causa limeña, lomo saltado, ceviche… platos que no solo alimentan, sino que
narran. Cada bocado es una página viva de identidad.
Y junto a ellos, como un cómplice inevitable, aparece el pisco.
En sus distintas formas se alza en el brindis, coronando la mesa con un gesto
de celebración. El pisco sour, fuerte y dulce, marca el inicio del encuentro;
el chilcano, más ligero y amable, acompaña la conversación pausada, el relato
compartido, la sobremesa que se estira con gusto.
El pisco no compite con la comida: la abraza. Su esencia de
uva madura potencia el sabor mutuo, como si recordara que la gastronomía
peruana no solo se come… también se bebe
Canciones que vienen de la tierra
En casa, mientras almorzamos, la música se convierte en el telón de fondo
de nuestra celebración. Entre cucharadas y sonrisas, la televisión o YouTube
nos ofrecen listas de canciones patrias que varían según la raíz: si eres
norteño, la marinera marca el paso; si vienes de Chincha, el landó afroperuano
baila en la sangre con su cadencia profunda.
Pero a mí no me basta. Yo soy serrano. Y cuando llega el
momento de elegir, recurro a la banda estilo BOLO, esa formación que despierta
la emoción con cada huayno ancashino, cuyas notas resuenan mejor que cualquier
otra canción en este día de patria. Hay algo en su ritmo, en sus vientos, que
es como volver a casa por dentro.
Y aun así, no puedo dejar de rendir tributo al sonido dolido
pero firme de las guitarras ayacuchanas. Tienen un tono tristón, sí, pero su
tristeza no es resignación: es memoria. En cada cuerda vibra el eco de la batalla
de Ayacucho, esa gesta que selló la independencia en el campo de la quinua. Sus
notas son lamento y orgullo a la vez
Una bandera que se abraza
Y para cerrar este acto íntimo de homenaje, subo a la azotea. Allí, erguida
y serena, ondea la bandera que corona mi casa. Me acerco a ella y la palpo con
los sentimientos, más que con las manos. Su tela ya avejentada no ha perdido el
brillo de los tiempos duros; al contrario, lo conserva como una cicatriz digna.
Mientras la acaricio, le susurro que este abrazo es por mis
padres, que levantaron con esfuerzo este hogar; por los héroes, conocidos o
anónimos, que ofrendaron su vida por defenderla; por todos los que creyeron que
el Perú vale la pena.
Mi bandera de seda, aunque vencida por el sol y el viento,
me devuelve tranquilidad. Su suavidad es paz. Su ondeo es canto. En este
instante, no es solo un símbolo: es memoria viva. Y hoy —precisamente hoy— es
su día, el día de nuestra amada patria, de nuestro amado Perú
Nacer bajo tu cobijo
Con estas líneas dejo constancia de que lo primero que hice esta madrugada
fue pensar en ti, Perú. No quise detenerme en lo que aún nos duele, ni
en las sombras que a veces nos rodean. Hoy he querido hablar solo de lo bueno,
de todo lo que me has dado por haber nacido bajo tu cobijo generoso.
Gracias, patria amada.
Tengo el deber —y el honor— de cuidarte y de engrandecerte, cada día, con la
palabra, con el gesto y con la memoria.
¡Arriba Perú!
la Pluma del Viento
Lima, 26 de julio de 2025
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