NOCHE DEL PRESENTE


Esta noche es una de esas últimas que separan el antes y el después. No se trata de vida o muerte, del todo o nada. Sino de dar cuenta del compromiso, de la responsabilidad frente al trabajo y la palabra empeñada.

“No te queda otra —me digo—, lo prometiste. Para eso te contrataron.”

Tantas veces he pasado por situaciones similares, y sin embargo, la memoria es tan “inteligente” que las olvida. Así, cada vez parece una experiencia nueva.

A los setenta años, los antes y los después casi no existen. El futuro se acorta tanto que solo queda el pasado y el presente. O quizá solo el presente, porque el pasado ya se ha desvanecido.

Si es así, la preocupación por los trabajos que aún asumimos tal vez ya no merezca tanto esfuerzo y dedicación. Quizá sea hora de dejarla y simplemente vivir lo que existe: el presente.

Escribo esta nota, acompañado de música instrumental suave, de esas melodías que no se sabe de dónde vienen, pero nos envuelven en calidez, abrazo y comprensión.

Son las 22:20 horas. Es la primera vez que escribo recostado en la cama. Lo hago movido por el deseo de registrar esta escena: trabajar a los setenta años no tiene gracia. Aunque suene contundente, debo cumplir con mi compromiso.

Preparé algunas láminas para el primer evento de hoy; podría haberlo hecho mejor, pero no hubo tiempo. Diría lo mismo del segundo evento —el más importante y exigente—, al que también debo presentarme con entereza.

Esta nota es, entonces, una promesa conmigo mismo: no asumir más responsabilidades, sino vivir el presente, porque es el único futuro que queda cuando se llega a los setenta.

Te sientes solo, aunque no triste; tranquilo, con el deseo de ordenar la mente, de dejar constancia de lo que acontece. Y aunque esto no sea una obra de arte, es tu alegría, tu paz. Y eso, simplemente, vale todo.


La Pluma del Viento

Lima, 22 de octubre de 2025

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