EL DAMERO Y LA VIDA
Doce horas después de haber abandonado la casa en la mañana, regreso con el cuerpo ligero y la mente llena de calles. Hoy fue distinto: no había nada urgente esperándome al despertar, ningún plazo respirándome en la nuca. Por primera vez en meses, salí a las 06:40 sin destino fijo, solo con la certeza de que necesitaba un parque lo suficientemente grande como para perderme en él. El tiempo, ese bien escaso que siempre administro como un avaro, se derramó generoso frente a mí.
El aplicativo me condujo a la Plaza Mayor como quien guía a un ciego hacia la luz. El estacionamiento de siempre exigía tarifa plana —veinte horas, como si alguien pudiera quedarse tanto tiempo en el centro—, pero el del costado me recibió con su rutina habitual. Dejé el auto y caminé hacia el corazón de Lima. Eran las 7:25 de la mañana y la plaza estaba desierta, habitada apenas por cuatro o cinco sombras humanas. La limpieza era tal que todo relucía como recién estrenado: el Palacio de Pizarro, la municipalidad, el arzobispado, la catedral imponente. No he visto en ninguna otra plaza de Latinoamérica ese esplendor que roza lo irreal.
Me senté en una banca y algo extraño sucedió: dejé de ser quien soy. Obnubilado, me convertí en turista de mi propia ciudad, un extranjero admirando lo que siempre estuvo ahí pero nunca miré así. Sin el brazo extenso para selfis, solo me quedaron las palabras como testigos. Caminé hacia Carabaya observando las antiguas construcciones donde la historia política y la limpieza conversan en silencio.
Cada esquina, mientras avanzaba, me devolvía una anécdota como quien paga una deuda olvidada. Han pasado tantos años. El edificio de El Comercio, bello y antiguo, me hizo recordar nuestro anuncio dominical de 1984. Me sorprendió ver el gran edificio que lleva el nombre de José Antonio García Belaúnde, recientemente fallecido: mi profesor de gobernabilidad. En la esquina de Huancavelica con La Unión estaba el sastre, aquel compositor excelso de "Linda Chiquiana". Cada sitio, es un fantasma amable.
Pero la hora avanza inclemente y el estómago reclama su tributo: ¿a dónde ir? Obviamente me atraía El Chinito, el campeón indiscutible del pan con chicharrón. Sin embargo, la costumbre es más fuerte que el antojo: mi rutina se impuso y me enrumbé hacia el queso chiquiano. Allí, frente al angosto mostrador donde tantas veces me he detenido, lo ratifiqué: en el damero de Lima este es mi lugar, mi posada inevitable.
Repuesto por el desayuno y por la añoranza abundante que crece con la edad y la soledad, seguí mi rumbo hacia Miraflores. Me llamaban las playas de La Costa Verde con esa insistencia que tiene el mar cuando uno ha estado demasiado tiempo lejos. Esperaba con ansias abrazar al océano, nutrirme de su aroma salobre y su voz cargada de frescura. Y allí, con las olas clamando amistad como viejas compañeras, abrir al fin el baúl de sabiduría que cargo dentro.
La Pluma del Viento
Lima, 23 de diciembre de 2025
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