EJERCICIOS PARA LA SALUD
Hay ejercicios que fortalecen el cuerpo y otros que fortalecen el espíritu.
Este poema nació durante una madrugada de feriado, en mi querido Punto de Apoyo. Después de unos minutos dedicados a la salud física, continué con otro ejercicio igualmente necesario: leer, reflexionar y escribir.
"Ejercicios para la salud" es una conversación serena con el dolor. No pretende vencerlo, sino aprender a convivir con él sin renunciar a la creatividad, al conocimiento y a la esperanza.
La musicalización en bossa nova contemporánea acompaña ese amanecer con una atmósfera íntima y reflexiva, donde la palabra ocupa siempre el primer lugar.
Ojalá esta canción nos recuerde que cuidar la salud también es cuidar la mente, alimentar el espíritu y descubrir que, muchas veces, la Pluma también da mejor vida.
EJERCICIOS PARA LA SALUD
¿Qué me persigues, dolor?
Si no es la columna,
es el hombro
o la garganta.
Hasta te encabritas
y no dejas pasar el aire.
Te molesta que esté jubilado,
que no le dé importancia al paseo,
ni a llevar al mundo sus pies,
ni a posar frente a monumentos.
Podría seguir los pasos asiáticos,
pero la mente busca contratos
donde también vale tu compañía:
el conocimiento,
los libros
y la Pluma.
Los dolores los alivias
desde el Punto de Apoyo,
en esas madrugadas curadoras.
El ejercicio de treinta minutos
es similar al que recomiendan para andar.
"Es para tu salud",
nos replican.
Lo sé —les digo—.
Pero también
la Pluma da mejor vida.
Así pasé un día más
en tu compañía.
Enfrento una vez más este dolor.
Me traes paz
y, en medio de las circunstancias,
también alegría
y salud.
La Pluma del Viento
Lima, 23 de julio de 2026

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Pasamos buena parte de la vida creyendo que necesitamos más. Una casa más grande, muebles mejores, ropa para cada ocasión, dinero guardado, cosas nuevas y un montón de pendientes que parecen urgentes. Trabajamos, compramos, guardamos, llenamos cajones y nos preocupamos por tener. Después pasan los años y uno descubre algo que hubiera sido bueno entender mucho antes: para estar en paz se necesitaba mucho menos de lo que pensábamos.
La vejez va cambiando hasta la manera de mirar la casa. Aquello que antes parecía indispensable empieza a perder importancia. Ya no interesa tener diez camisas cuando siempre escoges la misma porque es la que más te gusta. Tampoco hacen falta tantos platos cuando comes tranquilo con uno, ni una sala llena de muebles cuando tu lugar favorito termina siendo esa mecedora donde descansas después de comer.
Y comienzas a quedarte con lo necesario.
Una cama donde dormir calientito.
Una cobija que ya conoció muchos inviernos.
La taza del café de cada mañana.
Un radio viejo que todavía encuentra canciones capaces de llevarte cincuenta años atrás.
Una fotografía guardada en un cajón.
Unas chanclas junto a la cama.
La medicina y el vaso de agua sobre la mesita.
Parece muy poco, pero dentro de esas pocas cosas puede caber una vida entera.
Porque ese radio no es solamente un radio. Basta escuchar cierta canción para volver a una fiesta de juventud, recordar a la muchacha que un día te hizo suspirar o escuchar en la memoria la voz de alguien que hace muchos años dejó de estar contigo.
La fotografía tampoco es solamente un pedazo de papel. Ahí está el joven que fuiste, la familia cuando todavía estaba completa, los hijos pequeños, los amigos, los hermanos y aquellos días en los que nunca pensabas que algún día terminarías mirando esa foto con el cabello blanco y los ojos llenos de recuerdos.
Hasta una vieja libreta de teléfonos puede doler.
La abres buscando un número y encuentras nombres de personas a las que ya no puedes llamar. Algunos teléfonos quizá ni existen. Otros pertenecieron a personas que se fueron para siempre. Y uno se queda mirando aquellos nombres recordando conversaciones, visitas y risas que en su momento parecían cualquier cosa.
También cambia el reloj.
De joven uno vive preguntando qué hora es porque siempre tiene algo pendiente. Hay que llegar al trabajo, recoger a los niños, pagar algo, cumplir un compromiso, correr de un lugar a otro. Cuando los años avanzan, el reloj sigue caminando igual, pero uno empieza a entender que lo importante nunca fue correr detrás de sus manecillas.
Entonces la ventana se vuelve compañía.
Sentarse cerca y mirar la calle puede bastar para pasar un buen rato. Ver un autobús pasar, escuchar a unos niños jugando, mirar al perro del vecino o escuchar a unos jóvenes riéndose recuerda que afuera la vida continúa.
Ya no necesitas estar en todas partes.
Te basta saber que el mundo sigue andando.
Quizá lo que más cambia es el silencio. Antes podía sentirse vacío. Después se convierte en un compañero. Con una taza de café entre las manos uno recuerda, piensa, sonríe solo por alguna tontería de hace cuarenta años y hasta conversa en silencio con quienes ya no están.
Entonces empiezas a preguntarte para qué fueron tantas preocupaciones.
¿Por qué sufrimos tanto por cosas que terminaron guardadas en una caja?
¿Por qué discutimos por dinero?
¿Por qué quisimos impresionar a personas que después desaparecieron de nuestra vida?
¿Por qué trabajamos tantas horas para comprar cosas que casi no disfrutamos?
¿Por qué dejamos para después una visita, un abrazo, una comida con nuestros padres o una tarde jugando con nuestros hijos?
Pasamos años llenando la casa y muchas veces dejamos vacíos los momentos que realmente importaban.
Y quizá esa sea una de las enseñanzas más fuertes de llegar a viejo: descubrir que la felicidad nunca necesitó tanto espacio.
Cabía en el café compartido con la persona que amabas.
Cabía en una comida sencilla.