UN DÍA PARA NO OLVIDAR
UN DÍA PARA NO OLVIDAR
Aquella tarde, el aire a las afueras de la ciudad pesaba con una densidad distinta: un olor a humo lo impregnaba todo. Habían pasado casi tres horas desde la una de la tarde y era el tiempo de emprender el regreso a casa con cuatro acompañantes. Alrededor no había más que silencio y desolación. De pronto, al intentar encender el auto para salir de aquel lugar, el motor no reaccionaba. Había quedado completamente inoperativo.
Todo había comenzado por la mañana. El programa para darle el último adiós a don Indalecio en su casa marcaba el mediodía como límite antes de partir hacia su descanso final. Era viernes, un día laboral para la mayoría, pero mi condición de jubilado me otorgaba el privilegio de administrar el tiempo a mi manera. Me organicé sin prisas y llegué a las once, con el margen adecuado para acompañar a la familia.
Con una puntualidad casi matemática, las carrozas fúnebres aparecieron veinte minutos antes de las doce. En la calle, frente a la fachada, vi cómo comenzaban a desarmar la estructura del velatorio y a acomodar las coronas de flores en los vehículos. Finalmente, el ataúd cruzó el umbral. Sus familiares más cercanos lo sacaron en hombros y avanzaron media cuadra sosteniendo los ramos, en un recorrido lento que se sentía como una última y entrañable caminata de despedida por su barrio. Vinieron las fotos del recuerdo, el acomodo final del féretro en la carroza y el abordaje de los asistentes al bus contratado por la funeraria. Subí a mi auto con tres acompañantes y nos pusimos en marcha tras la comitiva.
El trayecto por la Panamericana Sur hacia Lurín transcurrió en calma, pero al llegar, el paisaje distaba mucho del cementerio tradicional que imaginaba. Se trataba, en realidad, de un crematorio; una modalidad de "entierro" en la que participaba por primera vez. Nos reunimos en una pequeña capilla donde un oficiante capacitado dirigió una ceremonia sobria. Leyó pasajes bíblicos y ofreció rezos usuales, evitando hablar directamente de la muerte para enfocarse en salmos e invocaciones que recordaban a una liturgia cotidiana. El ritual culminó cuando el ataúd atravesó una pequeña ventanilla hacia el área de incineración. Una vez cerrada, tres familiares cercanos ingresaron brevemente para cumplir con el trámite de certificar la identidad de quien iniciaba ese viaje definitivo.
Lo que siguió fue una larga espera de tres horas mientras concluía el proceso. Como el humo del crematorio comenzaba a volverse denso e incómodo, preferí distanciarme y subir a una colina cercana. Desde esa altura, contemplé con tranquilidad el sosiego de la gente, cuyo aguante imperturbable no era otra cosa que una hermosa prueba de afecto y lealtad hacia el amigo que partía.
Terminado el procedimiento y entregado el cofre con las cenizas, llegó el momento de volver. La vía de salida era una trocha polvorienta e incompleta, distante aún de ser un acceso formal. La mayoría caminó hacia el bus; solo mi auto y una pequeña camioneta permanecíamos como transporte independiente. Fue entonces cuando sobrevino la sorpresa: al girar la llave, mi auto no respondió. Noté de inmediato que había dejado las luces de emergencia encendidas durante las tres horas de espera.
Les sugerí a mis acompañantes que subieran al bus de la funeraria para no retrasarlos, pero la solidaridad pudo más y cuatro de ellos decidieron quedarse a mi lado. Unos trabajadores del lugar intentaron ayudarnos empujando el vehículo, pero no hubo respuesta. Saqué el teléfono y busqué un servicio de baterías a domicilio. Tras coordinar por WhatsApp enviando la foto de la batería, el modelo del auto y la ubicación exacta de Google, contratamos la llegada de un técnico desde Chorrillos.
En medio del desierto y sin taxis a la vista, las dudas flotaban en el aire: ¿cuándo había sido el último cambio de batería? No lo recordaba con certeza, aunque el auto había pasado la revisión técnica apenas tres meses atrás. A los treinta minutos, como prometido, apareció el técnico en una motocicleta. Hizo las pruebas, confirmó que la batería vieja no tenía una sola gota de carga y montó la nueva. En cuestión de minutos, el motor rugió de nuevo.
Mientras observaba el cambio, no pude evitar sonreír al pensar en el viejo amigo. "Esta es una última jugada de don Indalecio", pensé, "un recuerdo suyo para que jamás nos olvidemos de este día". Entre los presentes coincidimos en lo mismo: era tan bromista y ocurrente que dejar está última faena parecía su forma precisa de decirnos adiós.
Con el auto restablecido y el ánimo renovado, decidimos transformar el contratiempo en una oportunidad para serenar el espíritu. Nos dirigimos a una zona de restaurantes campestres en Lurín y nos acomodamos en Huancahuasi. Allí, entre platos de una patasca reconfortante y una pachamanca espectacular, celebramos la vida con el sabor genuino de nuestra tierra.
Emprendimos el regreso a las cinco de la tarde. El tráfico de la Panamericana hizo del viaje una marcha lenta y paciente, llegando a la casa de mis amigos pasadas las siete de la noche. Tras una hora más de manejo, ingresé finalmente a mi hogar, cansado en el cuerpo pero profundamente repuesto en el alma. Había despedido a un gran amigo, un hombre colaborador, emprendedor y auténtico —un verdadero "MacGyver" peruano— que supo regalarnos, incluso en su partida, una última sonrisa para recordar la calidez de su vida.
Hasta siempre, don Indalecio.
La Pluma del Viento
Lima, 8 de agosto de 2026



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