viernes, 30 de diciembre de 2011

Un Reencuentro de Futbol y Cultura: Homenaje a Toto

















Los niños corrían por las calles de Agocalle, o del barrio de Venecia en Chiquián. Entre ellos había uno menor que todos, sin embargo era el que subía y bajaba de las veredas hacia la calle manejando una Monark de mayores. Entraba con medio cuerpo para pedalear y sacaba cual mago la cabeza y las manos para conducirla. A todas luces no tenía la talla suficiente para manejar bicicletas de ese tamaño. Sin embargo el pequeño Toto, lo hacía con habilidad extraña. Pronto destacó en futbol en el barrio más pelotero de Chiquián, donde se formaron también sus amigos, de barrio, Eca, Uli, Comuno y Acucho.



Conforme Chiquián se despoblaba de sus jóvenes que se venían a Lima a estudiar, Tarapacá también iba desapareciendo en la tierra natal. Así, los jóvenes residentes tarapaqueños decidieron organizarse en la capital, y hacerle rivalidad, como era natural, a su archienemigo el Cahuide, que ya tenía algunos años de organizados en Lima, y participando en campeonatos del AIB. Entonces, las primeras directivas en Lima, correspondieron a los mismos jóvenes de Chiquián, iniciándose con Erich Vilches, luego de una reñida elección dejó la presidencia en manos de Comuno.



Desde aquellos años de 1983 hasta hoy el presidente vitalicio es José Núñez Aranda, que se ha ganado esa denominación con puro trabajo y dedicación. Las gestiones fueron arduas para que fueran aceptados en calidad de un segundo equipo de Chiquián en el campeonato del AIB. Pero fue para bien de los propios organizadores pues desde su incorporación el Club Atlético Tarapacá, CAT, se convirtió en un protagonista de primera. Nunca dejó de estar en los primeros dos lugares, hasta que desapareció la AIB.



De ese equipo de estrellas que brillaban con luz propia en el Rímac, uno de sus principales héroes, fue TOTO, don Jorge Núñez Aranda. Quién con el número 10, que entonces simbolizaba, la mejor casaquilla del Perú, en recuerdo a Cubillas, hizo maravillas; el medio campo, comandado por Acucho Zúñiga, y compartido con Hugo Vilchez y Willy Roblez, se encargaba porque la bola llegue a sus pies, aplicábamos entonces la técnica MW. Con la bola en los pies de Toto, se iniciaban las jugadas mortales, sea con lanzamientos a distancia para que el veloz Comuno, se encargara de inflar las redes o para hacer paredes con Percy Vilchez y hacer llorar a los Cajacainos en goles de finales memorables.



Pero su trascendencia de gran número diez, al puro estilo peruano: pisar bien la bola y frenar a velocidad, superó a Lima y Chiquián, llegando a ser admirado en los campos de la capital del departamento de Ancash en Huaraz, en el Rosas Pampa. Aún los chiquianos que asistimos a esos grandes partidos con Belén y Sport Ancash, recuerdan con emoción las jugadas de filigrana para hacer goles y pasar bien la bola, a pesar de las dificultades de un campo con gras chusgo.



Mayor aún era su habilidad cuando jugábamos fulbito, prueba de ello son los campeonatos que nos llevamos tanto en La Perla de Callao o en la Victoria, en campeonatos relámpagos de todo un día.



A ese Toto, representante del mejor futbol de Chiquián y de nuestro barrio de Agocalle, le dimos una bienvenida el miércoles pasado, en el campo de San Miguel. Nuevamente nos movilizamos desde diferentes lugares de los barrios de Lima, no importaba la distancia, Achico desde Ventanilla, Acucho desde Puente Piedra, llegamos a las 18:00 horas, valía la pena volver a vernos después de casi 20 años.



En una tarde y noche inolvidable recordamos hombres y mujeres, nuestras mejores anécdotas. Y, como en el corazón de un chiquiano, se guarda con orgullo la belleza de nuestra tierra, de nuestros nevados, y cultura, le dedicamos palabras y canciones de cuya sinceridad y cariño a Toto volverá con motivación a continuar el trabajo y a recordar que aquí le esperan sus hermanos tarapaqueños con los brazos y el corazón abierto.

Feliz retorno Toto, los tarapaqueños te recuerdan y te quieren.

La Pluma del Viento
Lima, 28 de diciembre de 2011


domingo, 25 de diciembre de 2011

LA NAVIDAD UNA SEMANA ESPECIAL




Es 24 de diciembre las 6 de la tarde, camino entre la multitud a través del jirón de la unión, de Lima, esquivando sudores y largas lenguas que devoran helados. Parece que soy el único que mira a la gente, la mayoría divisa las tiendas que lucen, adornos diversos con colores navideños: rojo, verde y dorado. En uno y otro lado las lucecitas brillan apagándose y prendiéndose en entretenidos compases. Algunos vendedores gritan, ¡Este es con led, con led, ahorrador. Compre. Compre. Se agota!. Desde otros almacenes salen las añoradas notas de los villancicos, que los había escuchado, en mi infancia en Chiquián, cuando asistía a las misas de gallo rodeados de gallitos, ovejitas y muchos niños.

En las casas siempre tenemos un espacio para levantar un arbolito, pinos artificiales, se repletan de campanitas, estrellas, muñequitos que penden de sus ramas, algunos entrelazamos más lucecitas, que titilan al compas de canciones. En su base se ponen los regalos. Cerca al arbolito, está el nacimiento, siempre rústico, el niño reposa en su lecho, sus padres y los reyes magos los acompañan. También suelen ser infaltables el burrito y la vaquita, luego se copan los espacios con ovejitas, patitos que flotan en lagunitas.





Cada tarde al llegar a casa mientras la oscuridad cae sobresalen, las luces, los niños, siempre inquietos, esperan con ansias los regalos. En Chiquián, en mi época no teníamos arbolitos, los nacimientos los arreglábamos sobre pedazos de kikuyo, que los traíamos de una chacra vecina a la ciudad. Pero sí habían regalos, los solicitábamos con dos o tres día de anticipación, los papelitos con los deseos, los depositábamos junto a las imágenes de Santa Rosita o San Martin, que se hallaban en un empotrado de la sala de la casa vieja que heredamos de mi abuelo. En la mañana del 25 abríamos presurosos los regalos. Mi padre sabía que me contentaría con una buena pelota de futbol y carritos. Nunca tuve la necesidad de hacer colas en el mercado o la municipalidad para recibir algún regalo. Mis padres hacían lo posible para proveernos, no los sofisticados que se veían colgados en los basares, ni tampoco le pedíamos eso. Diría hoy que no éramos pobres, pero tampoco ricos. Sin embargo eso nunca lo noté, ni que me incomodara, me bastaba jugar, comer chicharrones en diciembre, y tomar la rica leche fresca calientita de nuestras vaquitas. La pobreza la descubrí viniendo a Lima.

Durante la semana de navidad, en el trabajo, las oficinas cambian de apariencia, las secretarias, aparecen en las puertas ayudados por el conserje, a pegar pequeños símbolos navideños. Sensibilizado, por la escasez y esfuerzos de ella, el siguiente día me aparezco con más cositas navideñas para terminar de arreglar las puertas del laboratorio que habían quedado sin nada, hago lo propio con el panel de noticias, donde ya pegué la tarjeta dirigida a mis colegas. El 99% en el trabajo somos hombres, algunos dan muestra espontánea de alistarse para la navidad, la mayoría pareciera tener vergüenza en descubrir su lado infantil. Otros no tenemos reparo en hacerlo. Pero el 1% es mujer, es la secretaria, pieza fundamental en las fiestas navideña. Sin ella no estaría listo el desayuno que ha preparado para toda la División, cuando nos aproximarnos al ambiente preparado, vemos fuentes con panetones, chocolate preparado por la concesionaria, vinos, bolsas de regalos para los trabajadores de limpieza. Nunca le pregunté cómo hacía para replicar el milagro de la multiplicación de los panes. Si solo di mi cuota de 10 soles.

La ceremonia del desayuno navideño va a comenzar, es el último día laborable de la semana, la secretaria llama por teléfono una y otra vez para solicitar la presencia del que falta. Cuando por fin ya estamos todos, la secretaria y moderadora de la reunión, invita al jefe, o al de mayor edad a dirigirnos algunas palabras, para iniciar el brindis. Pasada la parte seria, comienzan las bromas, y la ingesta. La moderadora, no olvida su papel, a pesar que las copitas de vino se secan rapidísimas en sus manos, ella va señalando uno a uno para que también nos dirija algunas palabras, entre aplausos y risas, todos opinan algo. Nos deseamos, paz y felicidad en la familia, solidaridad y dedicación en el trabajo, y también algunos piden prosperidad con la llegada del nuevo año. Hasta los más callados hablan. De sus bellos y sabios mensajes, uno se pregunta, qué diferente sería el trabajo si repitiéramos, más veces oportunidades como la navidad. Pues, posponemos los roces que suelen ocurrir en el trabajo, y terminamos en abrazos.

Esta semana que, hoy 24 se cierra es especial, no solo abre los corazones de amor hacia los niños y ancianos. Sino que también nos promueve visitar a los familiares, escribir alguna tarjeta, expresándoles con nuestras palabras, la estima que se les tiene, cosa que no se los dijimos ni siquiera por teléfono. Mañana será el almuerzo entre todos los hijos y familias respectivas junto a la madre y abuelita. Los preparativos alegra, ya compré vinitos, pisco, mañana estaremos juntos, tal vez sea la última oportunidad de vernos hasta el próximo año. O ni pensar en desgracias mayores. Los regalos no habrán como antes, porque no hay niños, y la economía no está muy buena. O porque la salud de algun familiar impide estar muy alegre o derrochador.

Aguardo con ansiedad, abrazarlos, a mis hermanos, sobrinos y todos. Reir, beber, olvidar el trabajo, y los momentos tristes. Hoy, recordaremos nuestra niñez, y anécdotas de las navidades pasadas en Lima. Recordaremos a nuestro padre, ya fallecido. Comeremos la voluntad de todos, esta vez no cocinaremos en casa porque la hermana que solía hacerlo no está bien de salud. Prepararemos pisco souer, y reiremos mientras vemos las fotos, y villancicos vía internet. Y, cuando caiga la tarde y venga la noche nos despediremos con tristeza, pero reconfortados por ver que hay familia, que aún nos queremos, y que renovamos esa alianza junto a nuestra madre. Que los años la han hecho más calmada, pero muy sensible con la partida de alguna nieta, que decidió trabajar lejos de la capital, pero alegre también porque le comunicaron que pronto tendrá un nuevo nietecito. Estas partidas y llegadas son parte de la vida, la alegría y la tristeza comparten nuestra existencia. Lo agradable de esta navidad es que este año nos dimos la oportunidad de pasar todos juntos, en la casa donde nos criamos, no importa si vinimos desde barrios lejanos, cargando a los hijitos en taxis estrechos y caros, bajo el incomodo sol de verano. Esos inconvenientes no son nada, el regalo fue nuestra presencia, vernos de cerca, compartir nuestras vidas, aun cuando sea en pocos minutos, en adelante cada saludo, cada abrazo nos servirá para tomar fuerzas y enfrentar la vida con seguridad y alegría. Y también para decirnos que ojalá la repitamos el próximo año.

Que la navidad os depare alegría, paz y mucha solidaridad.

La Pluma del Viento.
Lima 25 de diciembre de 2011


sábado, 3 de diciembre de 2011

HUAYLLACAYÁN EL 8 DE DICIEMBRE FIESTA DE LA VIRGEN PÚRISIMA, RECUERDOS DE UN VIAJE EN LA INFANCIA






Huayllacayán, es el pueblo donde nació mi madre, desde niño esperaba con ansias la llegada de mi abuelita Anqui, trayendo sacos de la riquísima chirimoya. En los altillos de mi añeja casa los madurábamos bajo el abrigo de las hojas del sauco. No había en Chiquián, mejores chirimoyas que las de doña Luchi, eso lo sabían los amigos de mi padre, y los vecinos que venían a la casa para llevarse algunos.

En mi niñez el nombre de Huayllacayán estuvo ligado a las frutas, cosa que faltaba en Chiquián. Salvo las manzanas verdes que solíamos con sobresalto hurtarlas de las chacras de Chinchu Puquio de mi amigo Pepe Calderón.

Pero también Huayllacayán me recuerda a los granos de cebada, trigo y maíz que venían en sacos para alimentarnos todo el año, incluso alcanzaba para cebar los cerdos que se mataban en el mes de diciembre para recepcionar a mis hermanos que venían de vacaciones. Ahora que se avecina el 8 de diciembre, fiesta de la patrona Virgen Purísima de Huayllacayán, quiero homenajear a este querido pueblo, y a todos sus residentes en Lima. Permítanme por eso recordar dos anécdotas.

Tenía unos 8 años de edad, estaba aún en primaria, cuando se me presentó la oportunidad de visitar Huayllacayán. Era el mes de febrero, mi tío Fernando hermano menor de mi madre, que estudiaba en Lima, fue a visitar a Chiquián durante el mes de Enero, luego iría a visitar Huayllacayán, entonces le propuso a mi madre llevarme.

Mi ilusión de niño siempre había sido estar bajo los árboles frutales, y comer a toda libertad, los pepinos, chirimoyas, naranjas y paltas que abarrotaban las valijas cuando venía mi abuelita. Se dio el viaje, era la mi primera vez que bajaba a la costa, nuestra primera parada fue Chasqui, allí nos quedamos dos días, hospedándonos en la casa de mi tío don Aurelio Padilla, que quedaba a la entrada del pueblo, antes de pasar el río.

Yo, en Chiquián era un reconocido jugador de bolitas, a pesar de mi pequeña cuarta, había dado cuenta de otros que me duplicaban en extensión, como a Bellota. A los niños de entonces nos gustaba mucho disponer de los cholocos, que eran bolitas negritas, duras, productos secos de algún árbol, desconocido para mí.

Estábamos, decía, en la casa del tío en Chasqui, cuando uno de los primos de dos o tres años mayor que yo, me mostró gran cantidad de estos choloquitos, entonces le pregunté, inquieto y curioso, de dónde los sacaba, él me respondió señalándome, “de aquel árbol”, era uno coposo de mediana altura. La emoción de tener la fuente de los cholocos, me motivó treparme con la premura de alguien que ve cerca un manjar.

Cuando estaba subido llenando todos los bolsillos con las hojas verdes que contenían las bolitas, súbitamente sentí un fuerte hincón en el oído, entonces me di cuenta que venían sobre mí inmensas avispas, desde arriba asustado me solté y caí adolorido al piso. Se apresuraron en atenderme, comprendiendo que había sido atacado solo por una avispa menos mal. Pasé el resto del día recuperándome adolorido, sin un solo choloco en el bolsillo, y mi sueño frustrado.

Al día siguiente cuando subía montado al burro, desde la Esperanza a Yumpe, mi oreja se sacudía haciendo competencia en extensión y compás con las del jumento, cosa que le causaba mucha risa a mi abuelito Minchu, (Wenceslao Gamarra) cada vez que me miraba. Todo ese dolor e incomodidad lo soportaba con serenidad, esperando pronto hallar las frutas que tanto había esperado.


“Abuelito, y ¿cuándo vamos a hallar los arboles de naranja, chirimoya, palta, y pepino?”, le pregunté preocupado, pues avanzábamos y no aparecía nada. “Qué dices hijito, la chirimoya es ese, la palta ese otro, en cuanto a las naranjas ya pasamos, y los pepinos aparecerán cuando regreses en marzo”, me respondió señalándome los inmensos árboles, que nos acompañaban a uno y otro lado del camino. Frustrado por esa verdad, se me esfumó el sueño, de pasar debajo de arboles llenos de frutas colgando de sus ramas al simple alcance de las manos y por el cual había decidido viajar a la tierra de la provisión.

Lo que había ocurrido, que no era su temporada. Cosa que si se dio cuando regresé a fines de marzo, desde Yumpe, La Esperanza, Llampa, las frutas estaban en cajones repletos, puestos al borde del camino, pepinos, sandias, naranjas, subían al camión a precios de regalo, nos aprovisionamos bien, comí hasta donde pude y llegamos a Chiquián, con los bultos llenos de frutas, así como lo hacía mi querida abuelita Anqui, doña Angélica Cueva de Gamarra, que aunque tarde le brindo mi eterno agradecimiento y en su nombre les transmito mis mejores recuerdos a mis tíos y tía.

Igualmente hago extensivo mis saludos a mis amigos huayllacayanos con quienes he compartido muchos inolvidables momentos, como el deporte defendiendo incluso la casaquilla de Huayllacayán, frente a Chiquián, ganándole una final en el estadio Alejandro Villanueva del Rímac.


¡Feliz día hermanos de Huayllacayán en este 8 de diciembre!



La Pluma del Viento
Lima, 4 de diciembre de 2011