domingo, 2 de abril de 2017

ARGUMENTOS O INSULTOS: CÓMO DISCUTIMOS



El agua fría sobre la piel del cuerpo desnudo, en medio de un día caluroso, nos devolvía paz. La desesperación se detenía frente al contacto con la naturaleza. Era el puquio de Shapash, lugar donde los duendes nacen, donde la paz sacia al espíritu superando la sed material. Aquí el agua también traía sabor, alegría y compromiso por la vida. Era el reencuentro filial con las entrañas de la madre tierra. Aquí suscribíamos el compromiso permanente de amor a la naturaleza, de respeto a la vida sin regateos ni discriminación por nadie.

Hoy, cuando veo a la vida que nos rodea, talvez con ojos muy pesimistas, creo que hemos desandado ese cariño a la naturaleza. Hoy queremos llevarnos parte de la tierra a nuestra casa, a nuestra habitación. Hemos reducido nuestra capacidad de compartirla sin destruirla. Hoy, prevalece la diabólica cultura de la destrucción de todo, incluso del otro, en beneficio solo de nuestro interés. El consumismo insaciable nos ha inoculado el deseo de no dejar nada para las futuras generaciones, hemos llegado al colmo de querer conquistar otros planetas, con el fin de seguir destruyendo otros territorios.

Estos sentimientos destructivos los palpo cuando noto que una creciente mayoría no sabe conversar, no sabe dialogar, en su lugar insulta. Y, aquel que lo hace con menos miramientos, es electo líder de la secta, líder en el parlamento, locutor insustituible en la radio o en la televisión. Siento que está prevaleciendo la cultura de la destrucción, del irrespeto a la vida, al ser humano y a la naturaleza. Para estas personas, el otro, es poco menos que un alacrán, que un kilo de basura, claro no es el billete dólar que en sus entrañas ha remplazado el sabor del agua de Shapash. Estas personas a falta de argumento insultan porque se alimentan de lo que destruyen, no les importa si es la tierra o una persona.

Por ello tenemos que aprender a discutir o disentir, utilizando argumentos en lugar de insultos. La argumentación está relacionada con el razonamiento, con la búsqueda de causalidad, con el planteamiento de hipótesis, con la dependencia de las ideas primarias de las secundarias que la sustentan. La argumentación está más relacionada con la mente, con la razón, que permite la continuidad productiva del diálogo, promoviendo nuevos argumentos y más estudio. La argumentación es la puerta a la innovación porque se basa en el conocimiento que está en permanente avance. Mientras que el insulto es fruto de la agresión, de la fuerza, de la imposición, es la demostración de falta de ideas y razones. Es el preámbulo al rompimiento del diálogo, no busca el avance, porque es la negación del conocimiento. Eso es lo que he sentido cuando he escuchado posiciones en el tema de “ideología de género”.

Unido a lo anterior merece destacar el valor de la tolerancia que se sustenta en respetar y reconocer que hay opiniones diferentes a la nuestra, que hay grupos en la sociedad que se manifiestan de manera distinta a uno, en su modo de vestir, creer, bailar, pigmentación de su piel, estatura, idioma etc. Pero ser tolerantes no significa callar nuestras voces, frente a la mentira, difamación e insultos. Ni hacerse de la vista gorda cuando quieren callar o desaparecer a los otros, a los que nos parecen distintos.

En los tiempos actuales cuando el conocimiento avanza exponencialmente, pueden surgir ideas distintas a las que sustentaban nuestras creencias, y no por eso debemos destruir a quienes, descubren estos nuevos conocimientos, o declararle la guerra a muerte a quienes la exponen. Por ello, en la convivencia del siglo XXI, o sociedad del conocimiento, requerimos disponer mayor tolerancia, argumentar cuando dialogamos, y nunca insultar si queremos una sociedad, menos beligerante, más cercana a la convivencia humana pacífica y al cuidado de la tierra. 

La Pluma del Viento

Lima, abril de 2017



Nota:



Shapash: es un lugar en Chiquián, donde había una posa de agua, era un pequeño reservorio surtido por un puquial. Allí bajábamos los estudiantes de primaria para darnos un chapuzón reparador. 

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