FELICIDAD - Miradas que quedan
La pregunta que evitamos
La felicidad. Una palabra breve, casi cotidiana, pero cargada de preguntas que pocas veces
nos detenemos a formular. A todos nos gustaría ser felices. Deseamos la
felicidad para nuestra familia, para nuestro país, para la humanidad entera.
Sin embargo, cuando la pregunta se vuelve personal —cuando nos toca de cerca—
solemos pasarla por alto.
¿Qué es la felicidad
para ti?
¿Te lo has preguntado alguna vez con honestidad?
¿Se lo has preguntado a tus hermanos, a tus amigos, a las personas con las que
compartes la vida?
Muchas veces la
respuesta es silenciosa. No porque no exista la inquietud, sino porque no le
damos espacio. La pregunta aparece fugazmente, pero la dejamos pasar. No
insistimos. No profundizamos. Y así, la felicidad queda como una idea lejana,
más deseada que comprendida.
Hoy vamos a detenernos
en esa pregunta. Vamos a hacerla por todos. Y vamos a intentar responderla.
El ser humano y su mundo
Para ello, comencemos
mirándonos a nosotros mismos. Al ser humano concreto que somos: tú, yo,
cualquiera. Cada persona es, al mismo tiempo, un organismo biológico y un ser
social. Por dentro, llevamos una estructura propia, inmanente, con la que
nacemos. Por fuera, estamos rodeados por un entorno que nos acompaña y nos
condiciona: primero la familia, luego el trabajo, más allá el país, y
finalmente el mundo.
Vivimos interactuando
con ese entorno. Recibimos estímulos, respondemos, nos adaptamos, resistimos.
De esa interacción constante —de ida y vuelta— se van moldeando nuestras
reacciones, nuestras decisiones, nuestra manera de estar en la vida.
Pero todo ese
entramado, interno y externo, termina concentrándose en un punto esencial: la
mente. Es allí donde se construyen los modelos con los que interpretamos la
realidad. Desde la mente razonamos, decidimos, adoptamos valores, costumbres,
culturas. Y también desde la mente se reflejan, con el tiempo, efectos sobre
nuestra salud y nuestro comportamiento.
Es desde la mente que
buscamos algo que se parece a la felicidad, a la paz, a la tranquilidad
interior. Pero es también desde la mente que pueden surgir la inquietud, el
conflicto, la insatisfacción. En ese sentido, casi toda acción humana
—consciente o no— termina pasando por ella, y desde allí genera estados que
reconocemos como bienestar o como su contrario.
Cuando lo material no alcanza
Y es aquí donde surge
una pregunta inevitable: ¿cuánto influye lo material en la felicidad?
¿Cuánto pesan el dinero, las posesiones, la seguridad económica?
¿Son estas las condiciones indispensables para ser felices?
Si la felicidad fuera
únicamente material, bastaría con acumular bienes para alcanzarla. Pero la
experiencia nos muestra que no siempre es así. No todos los que tienen mucho se
sienten felices, ni todos los que tienen poco viven en la desdicha.
Entonces aparece otra
cuestión, más sutil pero decisiva: ¿cuánto influye aquello que no se ve
fácilmente? La mente, las creencias, las expectativas, la forma en que
interpretamos lo que nos ocurre. ¿Cómo influyen estos factores en lo que
llamamos felicidad, en nuestra salud, en nuestra conducta, en nuestra cultura?
Finalmente, queda
abierta una mirada más amplia: la felicidad como un recorrido en el tiempo. ¿Se
entendía igual antes que ahora? ¿Cambiará en el futuro? ¿O responde siempre a
los mismos patrones humanos, aunque cambien las épocas y los contextos?
Todas estas preguntas
nos conducen a una sola necesidad: intentar definir, comprender y explicar
la felicidad.
Eso es lo que abordaremos a continuación
La felicidad a lo largo de la vida
Para intentar
responder qué es la felicidad, conviene comenzar por algo simple y, a la vez,
irrenunciable: el ser humano necesita primero vivir. Antes de hablar de
felicidad, debemos reconocer que existen condiciones mínimas sin las cuales
cualquier reflexión pierde sentido. La alimentación, el agua y el cobijo no son
aspiraciones, son necesidades básicas. Cuando estas faltan, no estamos ante un
problema de felicidad, sino de supervivencia.
Superado ese primer
nivel, aparece un segundo escalón, propio de los tiempos modernos: las
oportunidades. El trabajo, la educación y el acceso a la información se vuelven
elementos centrales para que una persona pueda desarrollarse, sentirse útil,
proyectarse. Vivimos en una época donde la información también forma parte de
la vida cotidiana, y su ausencia puede generar exclusión y frustración.
Más adelante emerge
otro nivel decisivo: la salud. Sin salud, la vida se vuelve frágil y limitada.
Y, por encima de todo, aparece la libertad. Porque no basta con estar sano si
se vive sin libertad. Tener salud y estar privado de libertad no constituye, en
sí mismo, un estado de felicidad. La libertad es una condición superior,
esencial para que cualquier bienestar tenga sentido humano.
Si observamos esta
secuencia —necesidades básicas, oportunidades, salud y libertad— podríamos
pensar que allí se encuentra el camino hacia la felicidad. Y, sin embargo, la
experiencia nos dice que no es tan simple. Hay personas que cumplen todas esas
condiciones y, aun así, no se sienten felices.
Es entonces cuando
aparece un elemento decisivo que atraviesa todo lo anterior: la mente.
La mente puede negar la felicidad incluso cuando todo parece estar dado. Puede
generar insatisfacción, angustia o vacío, aun en condiciones favorables. Esto
nos obliga a ampliar la mirada y reconocer que la felicidad no depende solo de
lo que tenemos, sino de cómo interpretamos lo que vivimos.
Desde esta
perspectiva, la felicidad adquiere un carácter cultural y vivencial. No es solo
una suma de condiciones externas, sino un modelo construido en la mente a lo
largo de la vida: por la historia personal, por la sociedad, por los valores,
por las expectativas. Dos personas en circunstancias similares pueden
experimentar estados completamente distintos de felicidad o infelicidad.
Existen incluso
visiones en las que la felicidad no se asocia a la tranquilidad ni al bienestar
inmediato. Para algunas personas, la felicidad puede estar ligada al
sacrificio, al abandono de sí, a la aceptación del dolor como parte de un
camino hacia una recompensa superior. En estas concepciones, la felicidad no se
alcanza en esta vida, sino que se proyecta hacia una vida eterna. Son miradas
que, aunque distintas, también forman parte del amplio espectro humano.
Pero la felicidad
también se define desde los proyectos personales, desde la etapa de vida en la
que uno se encuentra. Pensemos, por ejemplo, en el caso de los jubilados. ¿Qué
significa la felicidad para alguien que ha dejado el trabajo que durante décadas
organizó sus días, sus horarios y su identidad?
Aquí surgen obstáculos
concretos. Uno de ellos es la mirada social: el temor a lo que dirán los demás,
a ser considerado poco útil o irrelevante. Otro es la dificultad de
reinventarse, de encontrar nuevas actividades que reemplacen al trabajo,
especialmente cuando este era también una fuente de reconocimiento y sentido.
La ausencia de
horarios exigentes puede generar una sensación de vacío si no se construyen
nuevos hábitos. Además, con la edad pueden aparecer limitaciones físicas que
dificultan el ejercicio o el deporte, afectando la salud y, con ella, el
bienestar. Todo esto muestra que no basta con tener cubiertas las necesidades
básicas: la edad, el contexto y la etapa vital influyen profundamente en la
vivencia de la felicidad.
Desde algunas miradas
contemporáneas, la felicidad depende también de factores sencillos pero
poderosos: el lugar donde se vive, la familia y la amistad. Esta idea se hace
especialmente visible en muchos pueblos de América del Sur, donde las
condiciones económicas no siempre son favorables, pero la cercanía humana, el
sentido de comunidad y los vínculos afectivos sostienen formas auténticas de
bienestar.
Así, la felicidad
aparece no como una fórmula única, sino como una construcción compleja,
atravesada por condiciones materiales, mentales, culturales y vitales.
Entenderla exige mirarla desde la experiencia, desde los obstáculos, desde las
etapas de la vida y desde los vínculos que nos rodean.
Y es desde esta
complejidad que podemos empezar a preguntarnos, con mayor honestidad, qué
significa realmente ser felices
Elegir la felicidad en libertad
En el caso del
jubilado, aproximarse a la felicidad no significa necesariamente seguir
produciendo algo “relevante” bajo los mismos criterios que imponía el trabajo
formal. La felicidad no exige repetir el rol anterior. Puede construirse de
otro modo, sin que ello perjudique el bienestar personal ni la dignidad de la
vida.
Muchas personas, al
llegar a esta etapa, descubren que nunca se acercaron a ciertas dimensiones
culturales: museos, teatro, conciertos, espacios de reflexión. Otros desconocen
formas de turismo más pausado, viajes largos que ya no están atados a horarios
estrictos ni a calendarios laborales. Todo ello abre un escenario nuevo, pero
también desafiante.
Porque cuando
desaparecen las obligaciones rígidas, surge una pregunta inevitable: ¿cómo
construyes ahora tu felicidad?
Ya no desde la urgencia de producir, sino desde la libertad de elegir. Ya no
desde el deber, sino desde el sentido.
Ese es el verdadero
reto. Un reto que no se resuelve solo con condiciones materiales, ni siquiera con
salud y tiempo disponible, sino con la capacidad de redefinir la propia vida,
de resignificar el valor del hacer y del ser.
Y es precisamente
desde este punto —desde esta pregunta abierta— que pasamos a las enseñanzas.
Miradas que quedan
Después de este
recorrido, podemos extraer algunas lecciones sencillas, pero esenciales.
La primera es
reconocer que la felicidad no exige necesariamente más ingresos. Llegado
un punto de la vida —y especialmente en la jubilación— no se trata de acumular
más, sino de aprender a vivir con lo suficiente, valorando lo que ya se
tiene. La búsqueda incesante de mayores ingresos no garantiza bienestar, y
muchas veces distrae de lo verdaderamente importante.
La segunda lección es
aceptar el derecho y la necesidad del descanso. Descansar no es dejar de
ser útil ni renunciar al sentido de la vida. Es una etapa legítima, necesaria,
que permite mirar con otros ojos el tiempo, el cuerpo y la experiencia
acumulada.
El paseo, por ejemplo,
deja de ser solo desplazamiento y puede convertirse en espacio de reflexión, de
observación, incluso de creación. Caminar puede ser también escribir, pensar,
recordar, ordenar la propia historia. La felicidad no siempre está en hacer
más, sino en hacer con mayor conciencia.
Otra enseñanza
fundamental es la relación entre felicidad y cuerpo. El ejercicio físico,
adecuado a cada edad, no es solo una recomendación médica: es una forma de
cuidar la vida, de preservar la autonomía, de sostener la salud mental. Crear
ambientes y hábitos que permitan el movimiento es una inversión directa en
bienestar.
Pero quizá una de las
lecciones más profundas es redescubrir el valor de los vínculos. Visitar a la
familia, encontrarse con los amigos, conversar sin prisa, compartir la vida
cotidiana. Como bien se ha señalado, la felicidad no se construye en el vacío:
depende del lugar donde vivimos, de la familia y de la amistad. Esto se percibe
con claridad en muchas comunidades donde, aun con limitaciones materiales, el
sentido de pertenencia sostiene la alegría de vivir.
Finalmente, la
felicidad no es un estado permanente ni una meta definitiva. Es una construcción
continua, cambiante, que se redefine con la edad, con las circunstancias y
con la manera en que interpretamos nuestra propia vida. Comprender esto nos
libera de exigencias irreales y nos invita a vivir con mayor serenidad.
Tal vez la mayor
enseñanza sea esta: la felicidad no siempre está en lo que viene, sino muchas
veces en reconocer con gratitud lo que ya está
La Pluma del Viento
Lima, 2 de febrero de 2026

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