CRISTO SIGUE EN LA CRUZ
CRISTO SIGUE EN LA CRUZ
Una reflexión en tiempos de guerra e incertidumbre
Un mundo en crisis y una pregunta personal
En este abril de decisiones, cuando la flecha
del tiempo sigue su curso inevitable, uno no solo observa el mundo, sino que se
encuentra consigo mismo. Hoy me sitúo en una etapa distinta de la vida:
jubilado. Algunos podrían llamarlo desempleo; sin embargo, en lo profundo, se
trata de una transición. Una pausa que no es vacío, sino oportunidad para
pensar, para mirar con mayor claridad aquello que antes pasaba desapercibido
entre la rutina del trabajo y las responsabilidades diarias.
Pero esta reflexión personal no ocurre en
aislamiento. El mundo también atraviesa su propia transición, aunque en un
sentido más dramático. Vivimos tiempos marcados por conflictos armados,
desplazamientos humanos y tensiones geopolíticas que mantienen en vilo a
regiones enteras del planeta, como sucede actualmente en los conflictos en
Medio Oriente. Millones de personas dependen de ayuda humanitaria para
sobrevivir, según informes recientes de organismos internacionales como la
Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU, lo que confirma que
la guerra no es un concepto lejano, sino una realidad concreta y persistente.
A esta situación global se suma una realidad más
cercana y cotidiana. En nuestro país, la inseguridad se ha instalado como una
presencia constante: extorsión, violencia, miedo. No se trata únicamente de
percepciones individuales, sino de fenómenos medidos y reportados por
instituciones oficiales como el Ministerio del Interior del Perú y el Instituto
Nacional de Estadística e Informática. Más aún, la propia Organización Mundial
de la Salud ha definido la violencia como un problema estructural que afecta la
salud pública, recordándonos que no estamos ante hechos aislados, sino ante una
condición que atraviesa sociedades enteras.
En este contexto, incluso eventos relevantes
como las elecciones pierden centralidad. Cuando la vida misma se percibe en
riesgo, la política deja de ser prioridad inmediata. Y es allí, en medio de
esta conjunción de crisis global, inseguridad local y transformación personal,
donde emerge una pregunta que trasciende lo religioso para instalarse en lo
existencial: ¿qué significa Cristo hoy? ¿Qué representa la Semana Santa en
tiempos donde la incertidumbre parece dominar tanto a creyentes como a no
creyentes?
La naturaleza humana entre el egoísmo y el
conflicto
Desde la infancia, muchos aprendimos que la
Semana Santa está asociada al dolor, al sacrificio y a la redención. Se nos
enseñó que el hijo de Dios vino a salvarnos. Sin embargo, con el paso del
tiempo, esta afirmación demanda una revisión más profunda. ¿Salvarnos de qué?
¿De las carencias materiales, como la falta de empleo o educación? ¿O de algo
más complejo y menos visible: nuestras propias limitaciones como seres humanos?
La realidad muestra que las carencias no son
solo materiales. Existen también falencias de carácter cultural y
comportamental: egoísmo, indiferencia, falta de solidaridad. En la práctica,
pocas veces se observa a alguien dispuesto a sacrificarse verdaderamente por
otro. Este comportamiento no es casual ni únicamente moral; ha sido objeto de
estudio desde distintas disciplinas. Por ejemplo, en El gen egoísta, se plantea
que ciertos rasgos de la conducta humana pueden entenderse desde la lógica de
la supervivencia y el interés propio. Sin embargo, esta idea no debe
interpretarse como una condena absoluta, sino como una descripción de tensiones
internas entre cooperación y beneficio individual.
Mucho antes, la filosofía ya había advertido
sobre esta condición. En Leviatán, se describe que, en ausencia de normas y
estructuras que regulen la convivencia, los seres humanos pueden caer en un
estado de conflicto permanente. Esta visión, lejos de ser pesimista en sí
misma, busca resaltar la necesidad de construir orden y sentido en la vida
colectiva.
Lo interesante es que esta lógica no solo se
manifiesta en el individuo, sino también en las naciones. A nivel global,
observamos una constante lucha por recursos, por poder tecnológico, por
hegemonía económica. Los países buscan asegurar su desarrollo, incluso a costa
de otros, perpetuando desigualdades y conflictos. La geopolítica contemporánea
evidencia que el interés nacional suele imponerse sobre cualquier ética global
compartida.
Cristo como propuesta ética para el presente
En este escenario, la figura de Cristo adquiere
un significado distinto. Más allá de la religión, puede entenderse como un
modelo radical de comportamiento humano. Frente al egoísmo dominante, Cristo
representa el altruismo llevado a su máxima expresión: dar sin esperar, amar
sin condición, sacrificarse por otros. Este concepto, lejos de ser únicamente
espiritual, también ha sido abordado por la ciencia. El Altruismo se define
como la conducta de beneficiar a otros incluso a costa propia, y es estudiado
dentro de campos como la Psicología evolutiva, que analiza cómo estas
conductas, aunque no siempre “naturales”, han sido fundamentales para la
construcción de sociedades.
Así, Cristo puede ser interpretado no solo como
una figura de fe, sino como una propuesta ética profunda: una invitación a
actuar de manera distinta en un mundo que tiende al interés propio. En lugar de
esperar que el mundo cambie por sí solo, plantea la posibilidad de una
transformación personal que, aunque pequeña, puede tener efectos significativos
en el entorno inmediato.
De este modo, la reflexión retorna a lo
esencial: ¿quién soy?, ¿qué entiendo?, ¿cómo actúo? Entender que el mundo no
cambiará automáticamente implica asumir una responsabilidad individual. No
podemos detener las guerras globales ni resolver de inmediato las crisis
estructurales, pero sí podemos influir en nuestro entorno cercano, en nuestras
decisiones cotidianas, en la manera en que nos relacionamos con los demás.
Quizá allí reside el verdadero significado de
Cristo en estos tiempos: no en la promesa de eliminar el sufrimiento, sino en
la enseñanza de cómo actuar frente a él. En un mundo donde la violencia y la
incertidumbre parecen inevitables, la posibilidad de elegir el bien, la empatía
y la solidaridad se convierte en un acto profundamente humano.
Tal vez, entonces, el mensaje no sea esperar un
cambio externo, sino iniciar uno interno. Porque en medio del ruido del mundo,
aún queda un espacio de decisión personal. Y en ese espacio, silencioso pero
decisivo, se define no solo nuestra vida, sino también el tipo de sociedad que
construimos día a día.
Cinco enseñanzas para un mundo en crisis
En
este contexto, rescatamos cinco enseñanzas de Cristo que adquieren una vigencia
particular en el escenario mencionado:
Primero,
el amor al prójimo como decisión, no como sentimiento, expresado en el
mandato “ama a tu prójimo como a ti mismo”, deja de ser solo un sentimiento
para convertirse en una decisión concreta: ayudar, respetar y no dañar. En
tiempos de inseguridad y violencia, amar al prójimo significa no sumarse a la
lógica del odio, incluso cuando el entorno lo normaliza, entendiendo que nadie
se salva solo, sino en comunidad.
Segundo,
el
perdón como ruptura del ciclo de violencia, incluso en la cruz, expresa
“perdónalos, porque no saben lo que hacen”. En un mundo marcado por la
venganza, la polarización y el resentimiento, perdonar no es debilidad, sino la
capacidad de romper el ciclo de violencia que se reproduce en la familia, la
sociedad e incluso en la política.
Tercero,
la
humildad como antídoto frente a la soberbia del poder, “El que quiera
ser el primero, que sea el último”, nos recuerda que el valor humano no está en
dominar, sino en servir. En una cultura centrada en el éxito, el reconocimiento
y la competencia, esta enseñanza cobra especial importancia en el liderazgo, la
gestión pública y la vida profesional.
Cuarto,
el desapego de lo material en una sociedad dominada por el consumo y la
acumulación, cuando advierte que no se puede servir a Dios y al dinero,
señala un riesgo vigente: cuando lo material domina, lo humano se pierde,
generando corrupción, desigualdad y explotación de recursos, tal como se
observa en muchas dinámicas del mundo actual.
Quinto,
el sacrificio como acto consciente por el bien del otro es la síntesis de su mensaje. En una época
que evita el esfuerzo y privilegia la comodidad y el individualismo, Cristo
propone que el crecimiento humano implica dar algo de uno mismo por los demás.
Este acto, que hoy entendemos también desde el concepto de altruismo, se
expresa en la familia, la comunidad y la sociedad como base de una convivencia
más humana.
Así,
estas enseñanzas no son solo principios religiosos, sino orientaciones
concretas para vivir en un mundo complejo, donde el verdadero cambio no
comienza afuera, sino en cada decisión personal.
CRISTO SIGUE CLAVADO EN LA CRUZ
En la cruz, entregado,
hasta hoy te veo ahí.
En mi niñez: dolor y respeto,
eran ambientes de luz y esencia.
Pasaron los años, hoy veo distinto:
los que te lloraban, sufren;
los que te evadían, dominan.
No te entendieron,
menos te siguieron.
En el trajín del viento y el tiempo,
mis números y mis infiernos
me hicieron más realista, menos iluso.
Así, el mundo te pone más clavos en la cruz.
Dos milenios, y prevalece el egoísmo.
Tienen lo suficiente, pero desean sangre.
Muchos te nombran solo para lucirse;
en su silencio, aman la muerte y destrucción.
Hoy, en tu recuerdo y mi memoria,
seguiré buscando la esencia de la paz,
caminando hacia el origen del tiempo,
donde no falten paciencia ni sabiduría.
Allí, sí que serás libre para siempre.
La Pluma del Viento
Lima, 5 de abril de 202


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