A MIS MAESTROS
Allí estaba el patio florido
mi aulita de mesitas celestes
niños y niñas en bullicio y atentos
en el recreo corríamos a los juegos.
Así iniciamos nuestro trajín de estudiante,
aquel jardín de infancia inolvidable;
unos alegres, juguetones y ordenados,
otros no soportaron y desistieron continuar.
Luego una nueva etapa: transición,
en una casa familiar convertida en escuela.
Allí florecieron la disciplina y la puntualidad,
aprendí a recibir notas en la libreta.
Allí conocí a mis amigos de siempre;
aprendimos a querernos para toda la vida.
Los árboles, los talleres y los animalitos
nos enseñaron a comprender y amar la naturaleza.
También fue allí donde aprendimos,
a la orilla del río, a compartir nuestras viandas;
a recorrer los vestigios incas y preincas,
y a descubrir que las evidencias se buscan
con los ojos abiertos y la mente curiosa.
Nuestros maestros nos formaron para la vida.
El deporte es competencia sana y disciplinada;
Tambien fuera del horario: canto, declamación y teatro
nos preparaban para las inolvidables excursiones.
Hoy, seis de julio, Día del Maestro,
rindo homenaje agradecido
a quienes iluminaron nuestro camino
y hoy descansan en la eternidad.
Extiendo mi saludo a los maestros del Perú;
pero, de manera muy especial,
a los maestros de Chiquián,
porque sembraron educación en un pueblo
reconocido, con justicia, la Tierra de Maestros.
La Pluma del Viento
Lima, 5 de julio de 2026
La escuela donde nació mi poema
Cada poema tiene una historia. Algunos nacen de un instante; otros tardan décadas en escribirse. Mi poema A mis maestros pertenece a estos últimos. Aunque lo escribí hace poco, comenzó a gestarse silenciosamente durante mi infancia, en las escuelas de mi querido Chiquián. Hoy, en el Día del Maestro, deseo compartir algunos recuerdos que dieron origen a sus versos.
Muy cerca de la Plaza de Armas de Chiquián se levantaban las antiguas casonas de grandes portones de madera. De niño, cuando alguno quedaba entreabierto, sentía una enorme curiosidad por descubrir lo que había detrás. Eran construcciones amplias, con patios interiores que despertaban mi imaginación.
Una de aquellas casas albergaba el jardín de infancia. Todavía puedo recorrerlo con la memoria. Al cruzar el enorme portón aparecía un patio lleno de flores; alrededor había apenas tres pequeñas aulas y, al fondo, un modesto tobogán que para nosotros representaba el lugar más esperado del recreo. Las mesitas y las sillitas estaban pintadas de colores celestes o rosados. Aquellos detalles, aparentemente insignificantes, han permanecido intactos en mi memoria durante más de sesenta años.
Imagino ahora que no debía ser fácil para un niño adaptarse al jardín. Hoy veo a muchos pequeños llorar en su primer día de clases y comprendo que probablemente yo también habría sentido algo parecido. Sin embargo, mi historia fue distinta. En uno de los recreos, sin querer, empujé a una niña mientras jugábamos en el tobogán. Ella cayó y la maestra me reprendió con tal energía que, asustado, escapé del jardín y corrí hasta mi casa. Me negué a regresar. Mi paso por el jardín duró apenas unos días, pero aquella escena quedó grabada para siempre en mi memoria.
Al año siguiente ingresé a Transición. La escuela funcionaba en la casa del director. Nuestra aula ocupaba la sala principal. Éramos apenas unos quince niños sentados de dos en dos en carpetas de madera. Años después supe que la esposa del director era pariente de mi familia y, quizá por eso, durante algunos recreos me llamaba para regalarme un poco de canchita con queso, un gesto sencillo que todavía recuerdo con cariño.
Fue allí donde conocí a quienes serían mis amigos de toda la vida: Javi, Calolo, Gela, Efra, Milo, Ofito... nombres que aún resuenan con afecto en mi memoria.
Nuestro maestro era egresado de la Escuela Normal de Tingua, en Huaraz. Entonces yo no comprendía el valor de su formación pedagógica; hoy sí. Nos enseñaba con paciencia, creatividad y cercanía. Muchas veces salíamos a los campos cercanos para recoger pequeñas ramas que luego cortábamos en trozos. Con ellas construíamos nuestros primeros materiales para aprender a contar unidades y decenas. Sin saberlo, aprendíamos matemáticas con los recursos que nos ofrecía la propia naturaleza.
De aquellos años conservo una anécdota que mi madre repetía muchas veces entre risas. Un día el profesor nos entregó la libreta de notas y nos pidió que nuestros padres la firmaran. Caminé hacia mi casa como siempre. Al acercarme vi a mi madre conversando con unas vecinas en la puerta de la casa de los Hidrugo que tenia tiendas alquiladas de mi casa, aprovechaban el tibio sol. Entonces, orgulloso, levanté la libreta y grité con todas mis fuerzas:
—¡Mamá, mamá! ¡Me he sacado rojo! ¡Solo yo! ¡Mira, mira!
Mi madre, avergonzada, trataba de hacerme callar mientras me hacía señas para que me acercara rápidamente. Yo no entendía por qué. Para mí, aquella nota roja era motivo de orgullo. Solo tiempo después descubrí que las notas aprobatorias eran las escritas con tinta azul. Fue mi primera lección sobre las calificaciones escolares y una de las historias familiares que nunca dejó de hacernos sonreír.
La primaria abrió para nosotros un mundo completamente diferente. La Escuela Prevocacional de Varones era enorme comparada con las aulas donde habíamos comenzado. Los salones eran amplios, con techos altos y grandes ventanales por donde entraba la luz. En el patio principal nos reuníamos todos los lunes para cantar, escuchar las palabras del director y comenzar una nueva semana de estudios.
Allí tuve la fortuna de encontrar maestros extraordinarios. Uno de ellos marcó profundamente mi vida. Nos llevaba de excursión hacia el río y a los antiguos vestigios incas y preincas que rodeaban nuestro pueblo. Nos enseñaba que la historia no solo se leía en los libros; también podía encontrarse caminando, observando y haciendo preguntas. Cada hallazgo arqueológico era llevado al pequeño museo que íbamos formando en el aula.
Aquellas excursiones tenían algo inolvidable. Cada alumno llevaba sus alimentos desde casa. Al llegar al campo, el maestro reunía todo y preparábamos juntos una pachamanca que luego compartíamos a la orilla del río. No era únicamente un paseo; era una verdadera lección de convivencia, de amistad y de amor por nuestra tierra. Con los años comprendí que muchas de las cosas más importantes que aprendimos no estaban escritas en ningún cuaderno.
La escuela también nos enseñó que educarse iba mucho más allá de estudiar. Aprendimos canto, declamación, teatro y deporte. Ensayábamos en las casas de nuestros compañeros para preparar presentaciones y participar en las excursiones escolares que nos llevaban a otros pueblos. Durante varios días convivíamos con estudiantes que nos recibían en sus hogares, del mismo modo que después nosotros los recibiríamos en Chiquián. Aquellas experiencias fortalecieron amistades que el tiempo nunca logró borrar.
La Escuela Prevocacional hacía honor a su nombre. Contaba con talleres de carpintería, zapatería, mecánica e industrias, además de una granja donde aprendíamos a sembrar, preparar almácigos, cuidar los cultivos y alimentar pollitos. Allí descubrimos que el conocimiento también se construía con las manos. Aprendimos a respetar el trabajo, la naturaleza y el valor de hacer bien las cosas.
Muchos años han pasado desde entonces. Algunos de aquellos compañeros con quienes compartí las primeras carpetas, los recreos y las excursiones ya no están entre nosotros. Uno perdió la vida durante el gran terremoto que golpeó a Áncash; otros dos partieron muchos años después, durante la pandemia de la COVID-19. Cada vez que vuelvo a recordar nuestra escuela, ellos también regresan conmigo. Permanecen vivos en la memoria de quienes compartimos aquellos años irrepetibles.
Hoy comprendo que el poema A mis maestros no nació el día en que lo escribí. Comenzó a escribirse mucho antes, en aquel jardín de las mesitas celestes, en la casa donde funcionaba Transición, en las caminatas hacia el río, en las ruinas de nuestros antepasados, en los talleres de la escuela y, sobre todo, en el ejemplo silencioso de hombres y mujeres que hicieron de la enseñanza una verdadera vocación.
Por eso, cada 6 de julio, mi gratitud se dirige a todos los maestros del Perú, pero de una manera muy especial a los maestros de Chiquián. Ellos no solo enseñaron a leer, escribir o resolver problemas; enseñaron a observar, a compartir, a respetar la naturaleza, a amar el trabajo bien hecho y a creer que la educación podía transformar la vida de un niño.
Ahora comprendo por qué mi pueblo fue conocido, con justicia, como la Tierra de Maestros. Y comprendo también que, sin aquellas aulas, sin aquellos compañeros y sin aquellos maestros, este poema jamás habría existido.
La Pluma del Viento
Lima, 6 de julio de 2026

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