EL ÁTOMO: ENTRE EL TEMOR Y LA ESPERANZA
EL ÁTOMO: ENTRE EL
TEMOR Y LA ESPERANZA
Reflexiones a 81 años de Hiroshima y Nagasaki sobre la
verdadera cara de la ciencia nuclear.
¿Es correcto seguir juzgando toda la física nuclear a través de la imagen de una bomba atómica? A 81 años de los ataques que cambiaron la historia mundial, analizamos la brecha entre la capacidad destructiva de las armas y las aplicaciones pacíficas que hoy impulsan la salud, la industria y el desarrollo científico.
Agosto tiene múltiples maneras de instalarse en nuestra memoria colectiva. Algunas fechas nos exigen revisar la historia universal; otras nos invitan a contemplar nuestro propio recorrido. En estos días atravesamos dos efemérides que el mundo jamás debería olvidar: el 6 de agosto de 1945 en Hiroshima y el 9 de agosto de 1945 en Nagasaki.
Han transcurrido 81 años.
Dos ciudades japonesas quedaron trágicamente entrelazadas con una de las
demostraciones más devastadoras del poderío que había alcanzado el ser humano:
la bomba atómica. Miles de vidas se extinguieron en cuestión de segundos, y
muchas más perecieron con el tiempo debido a las quemaduras, las heridas y los
letales efectos de la radiación. No hace falta recrear esas imágenes; basta con
recordarlas. Hiroshima y Nagasaki representan una dimensión ética que la
humanidad tiene la obligación moral de preservar.
Sin embargo, desde este espacio
—donde buscamos hermanar la ciencia con la cultura— propongo examinar estos
acontecimientos desde una perspectiva distinta. Hiroshima y Nagasaki no solo
dejaron destrucción; también sembraron miedo. Miedo al átomo, a la
radiación y a la palabra «nuclear». Un temor plenamente comprensible que
atravesó generaciones.
Ante esto, surge una pregunta
ineludible: ¿Es correcto que, 81 años después, sigamos reduciendo toda la
ciencia nuclear a la imagen de una bomba atómica?
Una bomba fue diseñada con el fin explícito de destruir.
Pero... ¿fue la ciencia nuclear creada para la destrucción?
Hiroshima y Nagasaki: La advertencia ética
Para responder, es imprescindible
disociar dos conceptos que frecuentemente aparecen mezclados: el
conocimiento científico y lo que los seres humanos hacemos con él.
La física teórica y experimental
nos permitió comprender que en el interior de esa pequeñísima estructura
llamada núcleo atómico residían enormes cantidades de energía. Los científicos
estudiaron las partículas, comprendieron los mecanismos de reacción y
desarrollaron ecuaciones. Pero las ecuaciones no fijaron las coordenadas de
Hiroshima, ni los neutrones seleccionaron Nagasaki. Fueron decisiones
humanas.
De allí emana una lección válida
no solo para la física, sino para cualquier disciplina científica: el
conocimiento nos proporciona capacidad, pero a mayor desarrollo tecnológico,
mayor debe ser nuestra responsabilidad ética.
Hoy experimentamos un dilema
semejante con las tecnologías emergentes: la inteligencia artificial, la
ingeniería genética, los algoritmos predictivos o la biotecnología. Las
herramientas cambian, pero la gran pregunta humana permanece: ¿Qué haremos
con aquello que somos capaces de crear?
¿De dónde viene nuestro temor a lo nuclear?
Tras Hiroshima y Nagasaki vino la
Guerra Fría y la carrera armamentista. Durante décadas, el mundo contempló la
posibilidad constante de un conflicto nuclear catastrófico. Años después
ocurrieron accidentes trágicos como Chernóbil (1986) y Fukushima (2011). En la
memoria colectiva fueron acumulándose palabras y sensaciones:
Para muchas personas, todas estas
ideas terminaron fundiéndose en una sola conclusión: «lo nuclear es
intrínsecamente peligroso».
Sin embargo, desde el rigor
científico existe una diferencia fundamental. Una bomba nuclear no es un
reactor nuclear de potencia, y este tampoco es equivalente a un reactor de
investigación. Mucho menos podemos colocar en la misma categoría a una
bomba atómica y a un equipo de medicina nuclear utilizado para diagnosticar o
tratar un tumor. Aunque todos se fundamenten en reacciones atómicas, sus
diseños, finalidades, medidas de seguridad y controles operacionales son
completamente distintos.
Pensemos en algo cotidiano: la
química puede producir medicamentos para curar enfermedades, pero también
venenos o explosivos. Y nadie diría: «Le tengo miedo a toda la química
porque existe la dinamita». Entonces, ¿por qué juzgar la totalidad de la
física nuclear basándonos únicamente en su aplicación bélica?
De 1945 a 2026: Las aplicaciones silenciosas que no hacen
titulares
Si hacemos un viaje en el tiempo desde el escenario
devastado de 1945 hasta nuestro presente en 2026, ¿qué nos encontramos?
Encontramos tecnologías nucleares trabajando en silencio en
hospitales, campos agrícolas, industrias, proyectos ambientales y centros de
investigación. El mismo conocimiento del núcleo que alguna vez se utilizó para
construir un arma nos permite hoy disponer de herramientas extraordinarias:
- En Medicina: Los radioisótopos y radiofármacos permiten mapear
órganos, realizar diagnósticos precoces y tratar enfermedades oncológicas
de forma localizada.
- En Agricultura y Alimentación: Las técnicas isotópicas ayudan a
optimizar el uso del agua y fertilizantes, controlar plagas mediante la
Técnica del Insecto Estéril y conservar alimentos eliminando patógenos sin
alterar sus propiedades.
- En Medio Ambiente: Los isótopos funcionan como «huellas dactilares»
para rastrear fuentes de agua subterránea y comprender la dinámica del
cambio climático.
- En la Industria y Minería: La radiación permite realizar ensayos
no destructivos para inspeccionar tuberías o estructuras, analizar la
composición de minerales críticos y datarse geológicamente.
Una bomba hace un ruido ensordecedor que ocupa las portadas
del mundo. La ciencia pacífica trabaja en silencio para salvar vidas y
proteger el planeta.
¿Y cuál es la realidad en el Perú?
A veces se piensa que estas
tecnologías avanzadas son exclusivas de potencias como Estados Unidos, Francia
o Japón. Sin embargo, en el Perú también existe esta otra cara de la moneda.
Nuestro país alberga el Centro
Nuclear RACSO (ubicado en Huarangal), donde opera el Reactor de
Investigación RP-10. El RP-10 no es una central eléctrica ni fabrica
armamento; es una instalación científica diseñada para producir neutrones e
isótopos destinados a la medicina, la industria y la investigación científica
nacional.
En el Perú existen
investigadores, ingenieros y médicos dedicados al desarrollo de las
aplicaciones pacíficas de la tecnología nuclear. Es la cara del conocimiento
puesto al servicio de la salud y el desarrollo técnico del país.
¿Debemos tener miedo?
Tal vez la pregunta no sea si debemos tener miedo, sino cómo
debemos relacionarnos con el conocimiento.
Toda tecnología poderosa entraña riesgos. Un vehículo puede
volcar, un avión sufrir una falla, un compuesto químico contaminar y una
inteligencia artificial ser usada para la desinformación. Con la energía
nuclear ocurre lo mismo: un uso irresponsable o descuidado puede tener
consecuencias graves.
Por eso no se trata de sustituir el miedo por una fe ciega.
Se trata de reemplazar el miedo infundado por el conocimiento riguroso.
La ciencia no nos pide que tengamos fe en ella; nos entrega
evidencias. Nos corresponde a nosotros mantener una actitud crítica, informada
y exigente.
Tres lecciones para recordar
Al conmemorar estas fechas emblemáticas de agosto, conviene
rescatar tres grandes enseñanzas:
- Hiroshima
y Nagasaki no deben olvidarse jamás. Recordar a sus víctimas es
mantener viva la advertencia sobre los límites destructivos del ser humano
cuando la ética está ausente.
- Recordar
la tragedia no significa condenar toda la tecnología nuclear. Una
bomba y una aplicación médica o agrícola comparten principios físicos,
pero persiguen fines éticos totalmente opuestos.
- A
mayor poder científico, mayor debe ser la responsabilidad humana. La
ciencia nos da el cómo, pero los valores nos dicen el para qué.
No debemos tenerle miedo al conocimiento; debemos cultivar
la sabiduría suficiente para decidir qué vamos a hacer con él.
La Pluma del Viento
Lima, 9 de agosto de 2026

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