AGOSTO: VOLVER A CHIQUIÁN

 


AGOSTO: VOLVER A CHIQUIÁN

Fiesta, memoria y reencuentro

“Quiero estar ahí…”

Hay lugares de los que uno se aleja, pero que nunca terminan de alejarse de uno. Cuando agosto se aproxima, Chiquián vuelve con sus calles, sus sabores, sus bandas, sus amigos y aquellas voces que el tiempo convirtió en memoria. Este texto y el poema “Quiero estar ahí”, escritos en momentos diferentes, se encuentran hoy en un mismo sentimiento: la fiesta como reencuentro con la tierra, con quienes permanecen y también con quienes continúan acompañándonos desde el recuerdo. Porque, a veces, volver no significa solamente regresar a un lugar; significa regresar por las huellas de lo que fuimos.

Presentación

Agosto tiene la extraña capacidad de detener el tiempo. Se acerca el día 30 y Chiquián vuelve: sus calles, sus montañas, sus sabores, sus bandas, los amigos, las casas de siempre y también aquellos rostros que hoy habitan solamente en la memoria.

El primer texto de esta publicación, “Fiesta de agosto: Reencuentro en Chiquián”, fue escrito el 21 de agosto de 2011. Quince años después he preferido conservarlo casi como nació. No quiero mirarlo con los ojos de hoy, sino dejar que permanezca como testimonio de lo que entonces sentía alguien que se había alejado de su tierra, pero que cada agosto emprendía mentalmente el camino de regreso: Conococha, Shincush, el Huayhuash, el Yerupajá, las chacras, la Plaza de Armas, los amigos y la fiesta.

Nueve años después, en agosto de 2020, aquel regreso se hizo imposible. El mundo atravesaba uno de sus momentos más difíciles y nació el poema “Quiero estar ahí”. Ya no era solamente recordar Chiquián: era querer estar allí. Volver a la casita de siempre, encontrarse con padres, maestros y vecinos, escuchar la banda, bailar un huayno, compartir el caldo de fiesta y prometer que, después de un año terrible, vendría otro de dicha.

Hoy, en 2026, ambos escritos se encuentran en una misma página. Entre ellos han pasado años; también han cambiado nuestras vidas. Sin embargo, cuando vuelve agosto, algo permanece.

Quizá porque uno puede marcharse de su pueblo, pero el pueblo no necesariamente se marcha de uno.

2011: recordar y volver.
2020: querer estar ahí.
2026: volver a recordarlo.

Y así, mientras podamos hacerlo, seguiremos regresando.


FIESTA DE AGOSTO: REENCUENTRO EN CHIQUIÁN

Como lucecitas titilantes navideñas, brotan en mi mente escenas de la fiesta del 30 de agosto de mi pueblo, Chiquián —“Espejito de Cielo”—, cuando se aproxima esta fecha. No importa el lugar donde me encuentre: España, Estados Unidos, Brasil o Argentina. O, dentro del Perú, desde Tacna a Tumbes, costa, sierra o selva.

Esta manera de ligarnos profundamente a las costumbres de nuestros pueblos o lugares de nacimiento es lo que representa nuestra cultura: comidas, bailes, música, lugares, ropas o lenguaje. Son nuestros signos de identidad colectiva. Están unidos a nuestro ser. Superan nuestra racionalidad. Por eso, cuanto más lejanos y separados estamos, más añoramos, más queremos a nuestra patria. Eso lo dicen todos los que sienten ese vacío que representa la distancia.

Por ello, si se da la oportunidad, procuramos que las vacaciones del año coincidan con la semana de la fiesta. Y, si estamos en Lima, basta un sábado o domingo, o hasta algunas horas, para acompañar el día central del 30: asistir al Tedeum y luego a la fiesta en la casa del Capitán.

Es que los sabores saben especial, sea por la leña, las inmensas ollas o los secretos de los cocineros. O porque te reencuentras con amigos de la niñez, con quienes volver a contarse anécdotas, acompañados del sabroso chinguirito, se vuelve inolvidable.

No hay diferencias ni preferencias por grados o títulos. Todos volvemos a ser iguales, hasta inocentes como en la niñez. Hombres y mujeres nos arrumamos cerca de los fogones de las cocinas de los funcionarios, a quienes visitamos para corresponder y degustar su amabilidad, y bailar desinhibidos todos los huaynos que nuestra memoria ansía recordar.

Hoy que la tecnología acompaña a cada visitante, se multiplicarán las fotos y filmaciones. Pronto seremos famosos artistas improvisados en YouTube, Facebook o blogs. Imágenes que se harán imborrables.

Desde Conococha iremos descendiendo por la vía arreglada, escuchando a la eterna orquesta Ritmo Andino de Huasta o a Nieves Alvarado. Nos apearemos en el mirador de Shincush para fotografiarnos, con el telón de fondo del Huayhuash y su insignia, el Yerupajá.

¡Que viva mi tierra!, clamaremos, aspirando profundamente el aire limpio de una naturaleza indomable, recordando al justiciero y héroe chiquiano Luis Pardo.

Desde arriba miraré el hermoso valle de Aynín, los pueblos de Aquia, Huasta, Rampón y Pam Pam. Los tejados rojizos de las casas, el campo de Jircán, la Plaza de Armas; todo ello me devolverá mi historia.

Ingresaré a las entrañas de mi pueblo por sus angostas calles. Tocaré con mis dedos, hechos neuronas, las míticas casas de las familias acomodadas. Ingresaré a las oscuras tiendecitas de barrio arriba, que de niño me daban temor porque, a la distancia, su aroma a ron denunciaba dolor y pobreza.

Caminaré por las chacras de Mishay, Huarampatay, Pacra, Chinchu Puquio o Cochapata, y abrazaré el barro, comeré su sabor, sentiré su olor, porque eso añoré durante años estando distante.

Esos sentimientos y emociones me mantuvieron pendiente de ti, añorada tierra. Me alejé de ti no porque quería; nunca lo hubiera hecho. Salí porque mis padres se propusieron darme mejores oportunidades de estudio, o porque quise trabajar y allí, tierra querida, no había empleo.

Pero no vine a reprocharte, sino a agradecerte, a cantarte que te amo y a decirte que volveré a tu seno cuando mi vida termine, para acompañarte eternamente.

La Pluma del Viento
Lima, 21 de agosto de 2011.


QUIERO ESTAR AHÍ

Un año terriblemente difícil,
el contraste de la vida reina.
Alegrías ayer, dolor hoy;
bandas y cohetes en Chiquián,
silencio y soledad en Ingeniería.

Esperaré otros 365 días.

Quiero estar en el frío,
con poncho, bufanda y sombrero,
ingresando a los rincones del recuerdo,
abrazándonos con las almas
de nuestros padres, maestros y vecinos.

Y, con el chinguirito en la mano,
gritar en la Plaza de Armas:

¡Viva la amistad!
¡Viva la fiesta de Santa Rosita!
Todos en coro gritando: ¡Viva!

Quiero ingresar en oscuro
a mi casita de toda la vida,
saludar a mi abuelito,
sonreírles a mi padre y madre.

Ellos, cálidamente desde el más allá,
dirán:
“Acuchito, descansa para mañana”.

Quiero santiguarme en el Tedeum,
escuchar, asustado, la enigmática voz del padre Tello
y sonreír viéndolos dormir al Capitán y su corte.

Quiero recibir el sol amoroso,
compartiendo el abrazo de mis amigos en la Plaza,
saciar mi nostalgia por oír sus voces,
reír por los que están bien
y llorar por los que sufren.

Quiero bailar al son de la banda de don Florentino,
los huaynos del Tarapacá y el Cahuide,
con mis bellas amigas, hermanas de Venecia.

Quiero saciar mi paladar
con caldo de fiesta y locro de cuy.

Y, en la corrida junto a Uli,
lucirnos con un poncho, haciendo oles al jirishanquino.

Quiero despedirme llorando desde Caranca
y prometerte, tierra querida,
que el próximo 29 de agosto estaré contigo.

Porque estoy convencido
de que, tras un año terrible,
le sigue otro de dicha.

La Pluma del Viento
Ingeniería, 29 de agosto de 2020

(Este texto se presentó en el programa radial El Zaguán de Oropuquio del 16 de agosto de 2026)

Comentarios

Entradas populares de este blog

RICARDO ENTRE NEUTRONES

Luis Pardo: Hombre Hecho Leyenda

THE NO ASSHOLE RULE (LA REGLA DE NO IMBÉCILES)