miércoles, 3 de noviembre de 2010

LA TARDE DE LOS CORREAZOS



Como todos los domingos los jóvenes deportistas alistaban sus implementos deportivos, no podían olvidarse de las vendas, tobilleras, canilleras, frotasiones: Ice Hot, o Charcot, y por su puesto, algunas moneditas para la chanchita correspondiente, no importa que sumadas no alcanzaran ni para dos chelitas, siempre lo poco era suficiente para enganchar y comprometer a aquellos de mas dinero que siempre caían cerca al equipo campeón a ver y compartir con sus cracks.

Nuevamente las emociones se pondrían al tope cuando rodase la bola en el campo de la Unidad Vecinal del Rímac, donde los residentes de la provincia de Bolognesi de los 24 distritos, mantenían por quinto año consecutivo un campeonato muy competitivo que los convocaba, todos los fines de semana, en particular a los seguidores del Club Atlético Tarapacá de Chiquián, que se había hecho costumbre estuviera de puntero o disputando palmo a palmo el campeonato con sus archirrivales del Club Cajacay.

El sonido de la banda llegaba hasta la avenida Alcázar, anunciando que era el lugar correcto para descender del ómnibus, era el paradero del Cine Madrid, allí semanalmente bajaba con mi hermano Uli desde la línea 36, procedente de Ingeniería. Mientras nos acercábamos al campo, los paisanos y amigos, que conocían de la calidad del equipo de la casaca verde, nos rodeaban y saludaban, hola Acucho, Uli, Comunito, Eca, Toto, Hugo, Percy, nos miraban con admiración, alababan nuestro juego, y nos decían que seríamos campeones, y, que nos preferían en lugar de los cajacainos que los veían “mas sobrados”, pues ellos no se quedaban después del juego a libar y bailar los huaynos. Era notorio que teníamos mas hinchada que los super-organizados celestes, donde fluía mucho dinero, claro! y cómo no va ser!, si entre otros estaba nada menos que don Miguel Castillo (padre del ahora dueño de Las Canastas), mayorista de la avenida Habich, persona maravillosa, que nos conocía bastante, pues pasábamos diariamente frente a su tienda camino a la UNI.

En la puerta de entrada nos esperaban los dirigentes, Apshu, don Abel o Peli, ellos se adelantaban con las chompas, los chimpunes, las pelotas y los carnets. Adentro nos aguardaban nuestra bulliciosa y fiel barra, muchas jóvenes chiquianas, ataviadas de serpentinas, gorros, matracas, con polos de color verde y blanco, y una gran banderola con el rotulo de Club Atlético Tarapacá, junto a Zoila, Irma, Carmen, Doris, Maye o Edi, resaltaban las voces de Chole, Blanca y Rosi, quienes haciendo gala de creatividad y osadía, eran parte decisiva en los triunfos. No bastaban los goles de Comuno o los cabezazos de Eca, ni las salidas elegantes de Uli, también se requerían los motivadores gritos de Tarapacá!!, Tarapacá!!, ante atajadas de Pipa, o saltos doble ritmo de Acucho, jugadores y barristas eran complementos triunfadores en las tardes de gloria.

Las horas de los partidos tenían que ver con el puntaje sumado de los dos contrincantes, por ello a veces nos tocaba jugar a las 11 am (limpia canchas), generalmente en confrontaciones con los coleros, y otras a la hora central, de 3 a 4 o de 4 a 5, con los punteros, estos últimos eran a estadio lleno, todos reconocían que “estos juegos eran de machos”, la emoción subía al tope, sin embargo a veces se llegaba a enfrentamientos masivos, cuando la cerveza subía a niveles de destrucción de la razón y la ecuanimidad para dar paso al fanatismo y la intolerancia.

Estas horas estelares estaban “separadas” para los encuentros entre los grandes o clásicos rivales como, Chiquián, Cajacay, Ocros, Aquia, Oncoy o Corpanqui. Cuando esto ocurría, en el camarín, la adrenalina subía como la espuma mientras se esperaba el inicio del partido, el temor principal era la inasistencia de algún crack, no había muchos suplentes, particularmente en el puesto del arquero, cosa que no ocurría con Poco Valerio, y, si con Pipa, quien era muy propenso en caer en las redes del beber, justo el sábado para domingo, casi de seguro que si el juego era de mañana el no venía, o si lo hacía era para el segundo tiempo.


En una de esas oportunidades, su ausencia fue suplida por Erich, joven muy serio, responsable, diligente y presto al sacrificio con tal de ver a su equipo completo, así que aceptó el desafío de atajar, aquella tarde jugábamos contra Huanri, no era un rival de peligro, por lo que los muchachos del Tarapacá se divertían, sin mostrar exigencia, pero en una de esas jugadas intrascendentes, se produjo un rechazo chacrero, de un volante huanrino, los defensas Eca y Uli, levantaron la vista para verla pasar con la seguridad que se iría fuera del campo, pero, Oh! Sorpresa!!, nuestro arquero voluntario, no tenía la practica necesaria usando guantes, así que en su afán de aprisionar la bola y sacarla de inmediato, fue a su encuentro pero le pegó un manotazo tan descompasado que lo único que hizo fue cambiarle de rumbo y mandarla a su propio arco, desde la tribuna, se oyeron aplausos y risas estruendosas.


Erich con la cabeza gacha, como pidiendo disculpas, sacó la bola del fondo de su portería. El resto del equipo en lugar de enojarnos, soltamos también sonoras carcajadas casi en coro. El capitán Eca, con una palmada en el hombro le dijo, “no pasó nada Erich, en adelante ponle puño a todas la bolas que vengan por alto”, continuó el juego y como el rival no era de los fuertes hubo tiempo para remontar el adverso score, y terminar 4 a 1, este error hubiera sido inaceptable contra un equipo grande.

Terminado el juego, Erich se convirtió en el blanco de todas las bromas durante toda la tarde mientras se festejaba al son de la banda y las cervezas. Por eso cualquier falta resentía mucho al equipo, eso hizo que pocas veces hubieran inasistencia en los partidos con los equipos grandes.

En estos clásicos, la barra lucía, igualmente completa, particularmente las damas, nuestras amigas y familiares, que hacían lo imposible por sentirse bullangeras, todos llevaban naranjas, que las necesitábamos en el medio tiempo, si el partido era contra el mas clásico de todos, Cajacay, entonces además de toda la parafernalia, también debían tener mucha valentía por si se diera el caso de enfrentarse con las manos, o correas.

Como ocurrió, en un encuentro contra, el gran equipo de Cajacay, repleto de jugadores incluso profesionales del Municipal y Sport Boys, y todo comenzó cuando, el pequeño gigante del medio campo, Acucho, los tenía controlados a sus rivales, sin embargo, desde la tribuna de los celestes, no cejaban de insultarlo e incomodarlo, era sin duda el jugador clave en la marca de los hermanos Zorrilla, así de reojo había visto quien era el que persistía en el insulto, de pronto la bola salió al lateral, Acucho va a traer la bola, pero, en lugar de apurarse a buscarla, se dirigió raudo hacia donde estaba el vocinglero “barra brava”, y le asustó con un salto, al estilo santo, como para darle un golpe, el otro huyó como lagartija en celo, eso fue suficiente para atemorizarlo.



Cuando volvió con la bola entre sus manos listo para sacar el lateral, como si no hubiera pasado nada, el arbitro que se había percatado del incidente y además observando que había movilización entre las barras -la celeste herida trataba de invadir la barra del Tarapacá que por cosas del destino eran contiguas– trató de cortar por lo sano, “amonestar a Acucho”, se entiende por originar el laberinto que iba creciendo. 

Acucho, como dándose por no enterado de lo que ocurría tras él, observó que el arbitro se le aproximaba con la mano en el bolsillo del pantalón para sacarle alguna tarjeta, pero como se dio cuenta que no era la amarilla la que sacaba sino la roja, en un acto de rapidez del enmascarado Zorro, le arrebató el pito de la boca antes que suene, y lo lanzó sobre la barra de Cajacay que ya se encontraba en forcejeos con la del Tarapacá. 

Acucho, entendió que siendo el partido definitorio del campeonato, no podía perderse en los descuentos, era preferible un empate, la pradera se encendió, el arbitro desapareció luego de dar por concluido el juego, las barras se trenzaron, las mujeres arañaban a sus contendoras (es), los hombres se enfrentaban con puños o con correas, todo esto hasta que la calma volvió a imponerse con la ayuda de las fuerzas policiales, fueron largos 20 minutos de real batalla. 

Finalmente, el partido definitorio quedó trunco, la final sería hasta un próximo y exclusivo encuentro. Terminada la escena y conforme caía la tarde, las dos barras iban reconociendo sus errores y calenturas, al final al son de la banda y los hermosos huaynos, cerrábamos con abrazos fraternos una tarde mas de la histórica rivalidad entre los hermanos pueblos de Cajacay y Chiquián.

Lima, 04 de noviembre de 2010


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