LAS ELECCIONES 2010: DE LA MESA A LA CLÍNICA
AL
FRENTE DEL LOCAL
Estoy haciendo cola en
los exteriores del CE José Granda (SMP). Llegué a las 6:47 horas. Me ubiqué en
el lugar 38 (siempre cuento cuántos hay delante mío). Salí de casa luego de
tomar una taza de anís caliente. Aún sentía el estómago pesado; la madrugada me
fue muy difícil. Me desvelé reponiéndome de la inadecuada ingestión del “seco”
que me llevó a emergencia de la Clínica Cayetano Heredia.
Todo comenzó la noche
anterior (sábado). Nos habían citado a las 19:00 horas en el local de Fuerza
Social (FS), en Habich 636, para recoger las credenciales de personeros y
recibir la capacitación correspondiente. Éramos unas 50 personas. Entre bromas
y preguntas serias, el expositor aclaró todas las dudas.
Terminada esta reunión,
llegué a casa a las 21:15 horas y, a pesar de no tener mucha hambre, hice la
pregunta de rutina: “¿Qué hay para cenar?”. “Ah, un rico seco”, fue la respuesta.
Así que le di trámite de inmediato a ese plato delicioso, acompañado de cancha
y queso chiquiano.
Para ser exactos, en la
tarde, como a las 17:45, mi lonche consistió en té y un pastel de mil hojas
adornado con chantillí y durazno. No es mi costumbre, pero así ocurrió:
digamos, un lonche preelectoral.
Todo iba bien. Tanto que,
tan pronto acabé de cenar, me fui a la computadora a ver internet, mientras al
fondo la TV sintonizaba los programas de “Risas y Salsas” y “Recargados de
Risa”. Mientras abría páginas electrónicas, acepté otro vaso de refresco del
rico fruto selvático congona.
A los pocos minutos, casi
sin darme cuenta, comenzó a surgir un dolor que fue creciendo a la altura de la
boca del estómago. Me incomodaba cada vez más. Solicité té caliente, pero el
cuerpo, que ya se iba descomponiendo, no me atrajo más que dos sorbos. Dejé la
taza y me dirigí a dormir. Entonces el dolor aumentó.
Me incomodaba permanecer
echado. El dolor se concentraba en la boca del estómago, entre quemante y
apretujante. Transcurrió una hora y el dolor era cada vez mayor, aunque aún
podía comunicarme. Solicité a mi hermana que me acompañara a la clínica más
cercana, la Cayetano Heredia. Ingresé por emergencia casi a las 0:40 horas. Me
atendieron amablemente un médico y dos enfermeras. Me aplicaron algunos
medicamentos directamente en la vena. Permanecí recostado unos 45 minutos y me
retiré más repuesto, aunque aún sentía una ligera molestia en la boca del
estómago.
Hoy amanecí con sueño pero aliviado. Persistía una incomodidad en la boca del estómago; no sentía necesidad de ir al baño. Bebí media taza de agua caliente con anís y salí hacia Habich para tomar el vehículo rumbo al Granda. Ahora son casi las 7:35 y seguimos haciendo dos colas: de un lado los miembros de mesa, del otro los ciudadanos, votantes y personeros. Desde el inicio nos pareció que había cierto retardo. Nuestra programación como personeros debía comenzar a las 7:15 dentro del colegio, con la reunión con los coordinadores. Cierro este reporte señalando que el retraso nos llevará a acelerar el inicio y consecuentemente iniciaremos muy tarde.
EL ACTA DE INSTALACIÓN Y LA FUGA
A las 8:15 horas
ingresamos al colegio (José Granda) los personeros, mostrando nuestras credenciales.
Dentro, los anuncios indicaban dónde hallar el aula y luego el número de la
mesa. Las coordinaciones con los personeros de cada partido se hicieron en la
calle, ya que ingresamos tarde.
Llegué al Aula 28; mi
mesa era la 3225, donde también votaría. Los miembros de mesa aún pugnaban por
armarla: pegar afiches, contar las cédulas, armar ánforas y la cámara secreta.
Los ciudadanos que ya habían ingresado reclamaban el atraso: "¡Ya pues,
comiencen demorones!". En realidad, no era culpa de ellos; la ONPE había
demorado algo.
En el aula 28 había tres
mesas: la 3223, 3224 y 3225. En la 3224, un ciudadano que había llegado
temprano ingresó por la fuerza al aula y se sentó cerca de la mesa. Ante la
advertencia del presidente de mesa —“Señor, usted no puede permanecer aquí, por
favor salga”— él respondió: “Mira, yo permanezco aquí y tú no tienes nada que
decirme. Tú no puedes obligarme a salir”. Esta actitud repugnante provocó que
el presidente buscara el apoyo de las fuerzas del orden, quienes finalmente lo
retiraron, no sin que él vociferara amenazas.
Este airado y desatinado
ciudadano refleja a personas con poco espíritu cívico, proclives a la
violencia. Su lógica es que todo se arregla con la fuerza.
Mientras observaba esta
escena, comenté para mis adentros: "Esta es la típica forma del
intolerante nato, carente de educación. Pero también similar, en el fondo, a
aquellos que creen que sus ideas son las únicas válidas. El primero lo hace de
forma grotesca, en un barrio popular; los otros lo hacen con arte, buenas
palabras, corbata o trajes elegantes".
Todo lo contrario sucedía
en las otras mesas. En la mía, se pudo firmar el acta de instalación sin
contratiempos. A las 9:05 horas se inició la votación en la mesa 3225, con sus
miembros titulares y suplentes.
La escena del ciudadano
iracundo quedó atrás al presenciar otra, en la mesa 3223: una joven madre
ingresó con su bebé de pocos meses. Para que ella pudiera ir a la cámara
secreta, una miembro de mesa retuvo al niño en sus brazos el tiempo necesario.
Una vida naciente, cuya madre no tenía con quién dejarla. “Ojalá la educación
del Perú haga de ella una ciudadana tolerante que recuerde las palabras de
Voltaire: ‘Prefiero poner mi cabeza en la guillotina antes que impedir que tu
opinión sea escuchada, aun cuando no la comparta’”.
Compartimos las primeras
dos horas con otros personeros, del PPC y de Cambio Radical. Conversamos sobre
la vida. Eran mucho más jóvenes y usaban jergas nuevas, por ejemplo: “Estaba
barrabás”, que significaba “tenía mucha barba”; a su vez, “barba” era “plata”.
Nuestra participación como personeros fue entretenida. De rato en rato
ingresaban los miembros del Jurado Nacional de Elecciones (chaleco rojo) y los
de la ONPE (chaleco azul).
En mi mesa me dieron la
oportunidad de votar casi a las 11 de la mañana, cuando no había más ciudadanos
momentáneamente. Luego de votar y sintiendo una molestia en la boca del
estómago, salí a comprar un poco de agua. En el camino, saludé a conocidos del
barrio con quienes siempre votamos en este colegio. Afuera todo era
carretillas: vendían sándwiches, gaseosas, chupetes, marcianos... “No me
arriesgo a comprar aquí. Puede ser terrible para mi estómago malito”, pensé.
Decidí ir a casa a beber algo caliente y luego volver.
Estando en casa, tomé una
taza de anís caliente. No me apetecía más. Sin embargo, mi sobrino, que aún no
había votado, me insistió en tomar un Sal de Andrews: “Verás cómo se te limpia
el estómago”. Le hice caso. Apenas terminé de beber el vaso efervescente,
comenzó el dolor, como si hubieran encendido un trapo con gasolina en la boca
del estómago. Me recosté con la esperanza de reponerme para volver al Granda.
No ocurrió. El dolor volvió a los niveles del día anterior, así que decidí regresar
a Emergencia, a la Cayetano. Igual que en la madrugada, el trato fue bueno. El
médico, luego de escuchar la historia, me administró un analgésico, pero me
dijo: “Para certificar de qué se trata, tienes que ir a otra clínica que tenga
ecografía. Aquí no hay especialista hasta el lunes. Yo solo estaré hasta las 8
de la noche”.
EN EL QUIRÓFANO
Con el dolor reducido, pero con el foco aún
encendido en la boca del estómago, regresé a casa luego de salir de la Clínica
Cayetano Heredia. Tenía que ir a una clínica que contara con ecógrafo. “¿Cómo
es posible que esta clínica tan reluciente, y perteneciente a la prestigiosa
Universidad Cayetano Heredia, no tenga ese servicio?”, balbuceé mientras dejaba
la puerta de entrada.
Desde casa averigüé cuáles clínicas estaban
asociadas a mi seguro (El Pacífico) y contaban con el servicio requerido. Me
propusieron tres: la del cono norte, Clínica San Pablo; la de la Av. Perú,
Clínica San Vicente; y la de la Av. Wilson, Clínica Internacional (CI). Mi
hermana, que había ido a votar a Jesús María con mi sobrino, aún no regresaba.
Mi madre, adolorida de la pierna y con várices, solo podía estar recostada. Me
preguntaba: “¿Qué vas a hacer?”. Su preocupación era notoria. La tranquilicé
diciéndole que esperáramos a mi hermana.
Intentando rehuir el recuerdo del dolor —controlado
pero latente— me recosté. No habrían transcurrido ni una hora, cuando, como a
las 15:00 horas, llegó mi hermana. Seguramente venía pensando en los sucesos. Y
casi como planeado, decidimos ir al lugar más cercano: San Pablo (situado en
Fiori), de inmediato.
Tomamos un taxi y, en cuestión de cinco minutos, ya
estábamos en Emergencia. El ambiente era bullicioso y polvoriento; las
construcciones de las vías de acceso llegaban hasta la puerta de ingreso. Nos
atendieron con amabilidad y nos aseguraron que sí contaban con el servicio.
Mientras tanto, debía esperar en una de las cabinas de emergencia.
Ingresé con un guía, quien me indicó: “Siéntese
sobre la cama, ya lo llamamos”. A mi alrededor había varias cabinas similares,
“cuartos” separados por cortinas. Se oía lo que ocurría al costado. Subí a la
cama y, mientras esperaba, observé todo: las paredes, los utensilios, el piso,
el trajín... todo daba la imagen de un lugar muy distinto al que había visitado
meses antes, la Clínica San Pablo de Monterrico. “Tantos meses pagando al
seguro, y ahora que voy a usarlo por primera vez, no me voy a quedar aquí”,
pensé.
Mi hermana, que estaba haciendo las gestiones con
mis documentos, entró a la cabina. También observó el ambiente y, al notar mi
incomodidad o duda, me dijo: “Los exámenes que te hagan aquí no van a valer en
otra clínica, igual te los van a volver a hacer. Así que si no te gusta que te
operen aquí, mejor vamos a otra”.
No sabía en qué condiciones estarían las otras
clínicas, pero, siendo domingo y día de votación, no había mucho de dónde
escoger. El dolor podía reiniciarse y eso me aterraba. De pronto, mi hermana
recordó que mi hermano se había operado de la vesícula en la Clínica
Internacional. Entonces decidimos ir para allá.
Primero volvimos a casa. Nos tomó tiempo conseguir
un taxi, porque estaban ocupados con las elecciones. Ya en el taxi, nos dieron
las 16:00 horas. Justo en ese momento, por RPP, escuché el ansiado FLASH de
boca de urna: ganaba Fuerza Social. Me alegró, por el esfuerzo que ella (Susana
Villarán) había hecho. Y, en parte, mi trajín del día merecía alguna
recompensa, pensé. Sin embargo, esta noticia, que en otras circunstancias me
habría alegrado más, pasó a segundo plano por el dolor y la urgencia que me
aquejaban.
Llegamos a casa, pocos minutos después de las 16:00
horas. La decisión estaba tomada: iríamos a la Clínica Internacional, no solo
por la ecografía, sino por la posible operación. A la luz de los síntomas, todo
indicaba que se trataba de la vesícula, probablemente ya destruida por el
dolor, y debía ser extraída.
Mi hermano, quien había sido operado allí, nos
comunicó su aprobación y además dijo que se adelantaría para hacer algunas
gestiones. Así que preparamos todo lo necesario: ropa, sandalias, radio,
teléfono, tarjeta, dentífrico, cepillo, jabón, etc. A las 17:00 horas dejamos
la casa con la bendición de mi madre, quien, haciendo un esfuerzo, se paró y
nos acompañó hasta la puerta.
Mi hermana, mi sobrino y yo llegamos a la clínica.
Ingresamos por el jirón Washington. Mi hermano nos esperaba. Él ya había hecho
las consultas, de modo que solo le entregué mi carnet del seguro y me senté a
esperar.
A las 18:00 horas una señorita me acompañó a una
sala de emergencia donde me hicieron las primeras pruebas. Luego, en el sótano,
me realizaron la ecografía. Mientras la hacían, el especialista fue
describiendo lo que veía: “Realmente, la vesícula está muy inflamada”. Eso fue
suficiente para presentir que la operación sería esa misma noche. Una hora
después, la doctora me lo confirmó: “Vistos los resultados, usted debe ser
operado hoy a las 9 de la noche, por el Dr. Alarcón. Ya le harán las pruebas
preoperatorias”.
En ese momento, el temor me invadió. Asumía que la
situación era realmente seria. Sin embargo, albergaba, en lo profundo, la
esperanza de regresar a casa y postergar todo. “¿Cómo es posible que por un
solo cólico termine yendo directo al quirófano?”, se repetía en mi mente.
Empero, con el recuerdo fresco del dolor vivido
durante los cólicos, la razón me decía que eso era lo correcto. No había otra
salida. Así que le dije a mi hermano, que pacientemente me acompañaba en todo
momento: “Bueno, allá vamos”.
Luego de dejar una muestra de sangre y orina, una
enfermera se acercó con una silla de ruedas para trasladarme al piso 406, donde
me prepararían para la operación. Allí me encontré con mis hermanos y mi
sobrino, quienes me esperaban para darme fuerzas.
Me puse la bata de operación. Luego vinieron los
especialistas de anestesia y evaluación cardíaca. Una vez que se retiraron,
llegaron las enfermeras que me pidieron subir a la camilla. Me cubrieron con
una sábana blanquecina. Me despedí de mis hermanos. Miraba solo el techo de la
clínica y las luces mientras me trasladaban en ascensor hacia el quirófano. Por
mi mente pasaban miles de escenas de películas que había visto en salas de
hospitales.
Esta vez, yo era el protagonista de mi propia
película. Nunca antes había estado en tales circunstancias. Quise recordarlo
todo. No me preocupaba si la operación salía mal. Más bien, me interesaba
grabarlo en la memoria, para tener algo que contar.
En la sala de operaciones, veía tubos acerados y
ganchos. A los costados se oían conversaciones entre hombres y mujeres jóvenes
que reían. Discutían por pedir algo para cenar: unos pedían pollito a la brasa,
otros pizza. Aquellos platos con tanta grasa habían sido parte de los causantes
de mis males. Sabía que pasaría mucho tiempo antes de volver a reír como ellos
y pedir esos exquisitos manjares.
De pronto, un médico se acercó y dijo: “Ahora le
voy a poner la anestesia general. Usted va a sentir unos adormecimientos
iniciales, y luego un mareo suave, ¿cierto?”. “Sí, es así”, le respondí. Y ahí
se detuvieron mis recuerdos.
Hasta que, luego, alguien con voz gruesa me llamó:
“Señor Agustín”. No sé si fue a la primera o a la segunda llamada. “Sí”,
respondí. “Hemos acabado. Ahora usted bajará a su habitación para recuperarse”.
La operación había concluido. No sentía dolor
alguno. Traté de recordar los cólicos, y me parecía que el dolor seguía, por lo
que pensé: “¿Y si el dolor provenía de otro órgano y no de la vesícula?”. Qué
tontería. “Ellos saben lo que hacen, son profesionales”, me retruqué con
rapidez.
Me pareció espléndido que la operación fuera así:
uno no se da cuenta de nada y, casi como un cerrar de ojos, despierta ya
operado. Sabía que vendrían los dolores de recuperación. Pero jamás serían tan
difíciles como los de mi hermana, que estuvo postrada treinta días, tras una
operación con corte e infección. Lo mío sería más corto. Casi un juego en
comparación.
Así que salí repuesto, bastante tranquilo. Había
superado el dolor. Ahora solo tendría que seguir las recomendaciones médicas
para recuperarme. Aunque pasaría mucho tiempo hasta que volviera a disfrutar de
los deliciosos platos de la comida peruana. Esta vez sería mucho más cuidadoso.
Tal vez evitaría por completo las grasas.
Adiós
chicharrones, parrilladas, chorizos, rellenos.
Hasta la vista, Cuarto Mitad, Las Canastas, Kentucky, La Romana, Hut, etc.
¡Bienvenida
la dieta!
Lima, 5 de octubre de 2010



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