viernes, 25 de noviembre de 2011

EL BARRIO DE LOS MUSEOS EN VIENA Y LA CULTURA TURÍSTICA

















Entre cansado y deslumbrado escribo esta nota, sentado en el Café Bar, Di Dario Trucco, teniendo al frente al hermoso palacio de la Opera de Viena. Este hecho bien valió, hacer un alto, en medio del trajín de un día esforzado. ¡Cómo puedes trabajar en lugar de visitar tantos monumentos!. Muchos jóvenes dedicados al arte y particularmente a la música, habrían querido estar en mi lugar, aquí nació y vivió el más grande músico de todos los tiempos, Wolfang Amadeus Mozart (1756-1791). Estoy en una mesa pequeñita de las muchas que hay, en un ambiente para no fumadores, a través de los vidrios veo en otros ambientes, a grupos de jóvenes, hombres y mujeres, luciendo inmensos vasos color oro de cervezas espumantes. Se nota que es el trago predilecto. Y para eso no se requiere ser necesariamente joven. Como ocurrió ayer cuando fui a cenar, en este mismo barrio de museos, denominado: “Museumsquartier”. Era un sótano, antiguo, donde lo único nuevo era el aire acondicionado, el resto era similar a los que se veían en las películas: mesas rústicas, paredes de ladrillos sin pintar, piso empedrado, lo que no estaban más, eran los barbaros con bigotes inmensos, libando sin discreción, en orgias interminables. Ahora en cambio la atención es esmerada, limpia, de mucho respecto. Las cartas están escritas en 6 idiomas, incluido el español. En este restaurante subterráneo, las damas de todas las edades, con sus parejas o no, se deleitan, comiendo o bebiendo y escuchando a músicos, de vestimenta antigua, que entonan, piezas conocidísimas de Mozart, Schubert o Strauss. El ambiente es festivo y de regocijo. En medio de ello vi sorprendido cómo señoras junto a sus parejas, de unos 60 años, descargaban sin complejos, sus botellas de cerveza enteras en sus inmensos vasos. Ni que decir de los jóvenes. ¡Ah, su! exclamé. Hoy, robándole tiempo al tiempo, dejé la maleta en el hotel, y rápidamente enrumbé al centro, a este barrio (de museos). Salí en el paradero de San Esteban, directamente hacia la portentosa Catedral del mismo nombre. Estaba iluminado artísticamente, de tal manera que, parecían cristales de hielo, la combinación de claro y oscuro, y la antigüedad de su fachada, destacaban sus ángulos, torres y adornos maravillosamente. Los turistas desesperados posaban en la oscuridad, ¡qué cámaras se manejan, que hasta de noche se ve bien!. Me decía medio avergonzado, comparando con mi camarita, que con la débil luz solo sacaba fotos borrosas. Ingresé presuroso a la iglesia, había un rezo, o un servicio religioso. Los turistas no podían pasar más allá de uno pocos metros, había un enrejado, solo pasaban los fieles, para no ser interrumpidos. Se permitía tomar fotos, sin flash. Y, como debe ser, en las esquinas cerca a la puerta dentro de la nave, habían máquinas informantes por dos euros levantabas un audífono y te describía en 4 minutos la historia de la catedral. Simplemente impresionante, era un deleite saber el significado de cada esquina, altar o cuadro. También asombraba, el tiempo de trabajo para levantar las torres casi 100 años, o la inmensa campana de casi 21 toneladas, los estragos que la segunda guerra mundial hizo, y también las catacumbas que guardaban ataúdes de obispos y duques. ¿Es que no pueden poner algo similar en el Perú!. En la catedral de Lima, iglesia de San Francisco, incluso en los museos de Chiclayo?. Esta dejadez no creo que sea porque se prefiere el negocio de los guías. Más bien creo se debe a que el Estado no se preocupa. Reflejo de falta de Cultura Turística, y consecuentemente falta de respeto al visitante. Ojalá cambie esta situación con Susana Baca y estimulemos al turismo desde la niñez. Es la industria limpia, la industria de la cultura, que nos puede hacer muy ricos. Sin recurrir solo a la minería que en muchos casos es muy destructiva.



La Pluma del Viento
Viena, 24 de noviembre de 2011

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