miércoles, 24 de junio de 2009

Desde el Ilo de la Belleza (parte II)


  1. Son las 7:15 am, subí a tomar desayuno en el Hotel Karina, el comedor está en el cuarto piso, en lo más alto del hotel, desde aquí se divisa el mar, los barcos, lanchas pequeñas y medianas aparcadas en el mar, en cierto orden, parece un gran estacionamiento de vehículos en tierra. La vista es espléndida, mucho más hermosa que Ancón, Huanchaco o Pucusana. No siento ningún olor a pescado, ni a fábricas de harina como ocurre en Supe o Chimbote. Las calles, desde aquí arriba, se notan limpias. El sol ilumina resaltando el contraste del oscuro pavimento con las blancas líneas de tránsito. Qué hermoso sería venirse a trabajar aquí a un gran laboratorio, digamos a la más destacada del sur en aspectos de refinería minera. Si así fuera, esta ciudad se convertiría en un importante polo de desarrollo basado en el conocimiento, hasta aquí vendrían de todas partes del Perú y de Sudamérica. Cosa que no ocurre hoy, pues todo lo mejor en universidades y laboratorios se encuentra en Lima, craso error. Indudablemente una de las razones de nuestra permanente pobreza. No generamos oportunidades para el desarrollo de las capacidades de los niños y jóvenes del interior del país. Fiel reflejo del destructivo centralismo. En otros países, como Estados Unidos, hay universidades en todo el territorio con calidades altísimas; el que quiere ser bueno en alguna área tiene que dejar su ciudad y desplazarse hasta esa localidad. Eso mismo podría ocurrir aquí en el Perú, si tuviéramos al menos cuatro grandes laboratorios nacionales dedicados a ciencias e ingeniería, con diferentes especialidades. Por ejemplo, en el sur minería y lácteos. En el centro industria alimentaria. En la selva la madera. En el norte los productos marinos y energía. Mientras sueño en todo eso sentado en el comedor del hotel, viene el mozo con el desayuno simple “el americano clásico”, de café y leche, huevo rebosado, dos bolitas de mantequilla, otras tantas de mermelada y dos panes, desde el fondo de la cocina se escucha a Lucho Barrios, cantando marabú. La nostalgia de viajero solitario, me obliga a devorar el desayuno mientras quedo ansioso por conocer algo de la ciudad y su gente, aunque fuera en las pocas horas que dispongo entre las clases de tarde y mañana. Antes, y, para no forzar más la vista deberé adquirir algún anteojos de esos que cuestan 10 soles, al final me duran más que los caros, que suelo dejarlos en alguna mesa de un restaurante o café. Eso me ocurrió en Lima cuando tuve que adquirir uno en el mercado de Jesús María, y hasta hora lo tengo, mientras que el multifocal de 600 soles no sé cómo desapareció. Para terminar recomendando este Hotel, les diré que la habitación es agradable, no se siente calor estamos en otoño, supongo será distinto en verano. El costo de 71 soles la noche, parece cómodo y recomendable. Más aún, si se dispone de acceso inalámbrico a internet, exigencia que hoy en día es impostergable. No hay cosa más agradable que, al volver a la habitación luego de caminar por diversos lugares, leer los correos y ponerse al día con los amigos dispersos en todo el mundo, compartiendo imágenes, experiencias, que se presentan cuando realizamos viajes al interior del país o al extranjero. Siempre hay anécdotas o lugares distintos a lo común mereciendo ser llevados al blog o al facebook. Este hábito lo practicamos muchos de la red, estamos atentos a los movimientos de nuestros amigos y familiares, gracias a nuestro insustituible compañero, el computador portátil, la laptop, aunque pese, es parte del equipaje de mano. Siendo las 8:00 a.m., todavía tengo tiempo para ir a la plaza de armas, discurro por calles limpias, con tiendas bien presentables, pocos vehículos, y pendientes onduladas, que le dan un toque a San Francisco de la recordada serie televisiva. Voy por el jirón Callao, hacia la plaza, en cada esquina diviso al mar que con las casas bajitas bien pintadas diseñan paisajes de ensueño. Siendo sábado la circulación de vehículos es reducida, se ven pasar autos nuevos y caros, aquí debe haber plata murmuro. Qué suerte que no haya moto taxis; los que nos transportan son autos taxis bien conservados. Ah, qué diferencia con el ruido y polvo de Pucallpa, Iquitos o Huánuco. Bajo hacia el mar, pasando por la hermosa plaza Grau, donde las casas refaccionadas nos devuelven a los años 20, altas con ventanales de madera, hoy son oficinas o restaurantes. Camino por el muelle admirando el afán de los pescadores y mientras aspiro las brisas del mar, pelícanos y gaviotas indiferentes dejan sus huellas sobre la ropa de inadvertidos visitantes que posan para el recuerdo, o descienden al mar para dar un paseo en lanchas. Parejas de enamorados sellan sus recuerdos en fotos con la bellísima Glorieta de fondo, símbolo de Ilo que las recibe con sonrisa reluciente de blanco y rosa. Comienza desde aquí el amplio, extenso y limpio malecón, obra espléndida que invita a pasear o a pensar mirando el infinito mar bajo la sombra de algún árbol. Las flores, el césped, y losetas bien ordenadas, te acompañan, hacia el moderno y original anfiteatro de cara al mar, no puedes salir del malecón sin posar en la pileta de los delfines, que soplan corrientes de agua, con significado de amor y amistad. Este malecón no solo es para los deportistas, ni caminantes o pensadores, también vienen los niños, a jugar con bicicletas, skyboard o patines. La mayoría de las nuevas construcciones tienen acabados de barcos, con ventanas circulares, en eso se destaca la municipalidad, un casi "barco" a punto de zarpar desde el malecón, en el lugar del capitán, está la oficina del alcalde. No se queda atrás el complejo de convenciones, también del gobierno local. Todas son obras nuevas de material noble. Por la noche, también al final de este malecón, te aguardan agrupados en un solo ambiente con espacio para estacionamiento, los kioscos de vendedores de cervezas y de sabroso pisco. Tomar un Jiménez con seven up al tiempo, motiva conversar con los amables Ileños, que te cuentan, como su linda ciudad, evolucionó hasta donde se ve hoy. Los malestares que tuvieron que sufrir con las bocanadas de veneno que derramaba la fundición de la Southern, hoy desaparecida por el tratamiento que se le da. Ahora que ha cambiado, y se ha ordenado la ciudad, se ven nuevas construcciones de edificios de departamentos a lo largo del malecón. Espero que la modernidad y el dinero que venga, no traiga también la intranquilidad, el ruido y la soberbia del rico. Será un reto para sus pobladores mantener mientras vivan, la calidez de su gente, la tranquilidad de su paisaje a fin de atraer a los visitantes amantes de la paz, la vida y el mar.

    La Pluma del Viento
    Ilo, 14 de junio de 2009






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