POZAS DE AMISTAD

 


Bueno, hoy es un día de los más esperados. Llegó mi turno, dijo, mientras veía la nota que le entregó la auxiliar en la clínica: "20-01-2026. Dr. Rodríguez".

Llegó a la puerta de la clínica. Esperó un momento a que se diera espacio en la playa de estacionamiento, luego pasó a la sala de espera de los consultorios. Los muebles y la limpieza destacaban cuidado. Sin embargo, estaba convencido de que, por más cómodo que fuera el lugar de espera—clínica privada—, la incomodidad hasta el dolor no desaparecerá. La preocupación está dentro de cada uno.

Subió a lo alto. Abajo quedó la poza de agua turbia, como un ojo de barro mirando al cielo. Desde ahí, mientras esperaba a que los amigos terminaran de llevar las vacas hacia las chacras correspondientes. Miraba a su pueblo. Le gustaba esa vista. Se aseguró de que las piedras estuvieran bien puestas para emposar el agua en la acequia. Eran casi las diez de la mañana y el sol de enero iluminaba generosamente. Era una mañana de suerte, de esas en que el sol luce en toda su dimensión. Sintió paz, y notó que tenía ventajas ser el mayor de todos los niños: él era una suerte de jefe.

Él tantas veces había pensado que si se diera una encuesta, votaría porque en la constitución se incluyera la libertad de decidir el momento de tu partida. De manera completamente suave. Ingiriendo una pastillita simple.

Una vez que dejaron las vacas en sus respectivas chacras, todos se reunieron alrededor de la poza. Él comenzaba siempre la jornada lanzándose primero al agua, que no superaba el metro de altura. Su coloración a barro no permitía ver el fondo; pero sabían que el asunto no era estar limpio, sino entretenerse con los juegos y retos.

La pizarra del aula que esforzadamente el profesor anotaba no le causaba plena atención. Calolo, el de mayor edad, mientras el profesor miraba la pizarra, abrió su bolso con disimulo y sacó una botella mediana para mostrarla a los amigos del grupo. Dentro tenía una serpiente sumergida, de unos quince centímetros. Con señas les decía que en el recreo irían a buscar algunos de estos animalitos.

Así, como de rutina, comenzaron con el primero: ¿Quién dura más debajo del agua? El agua fría se olvidaba pronto porque el ejercicio los mantenía en buena temperatura. Era su condición humana, la evolución misma: los niños buscan probar su fortaleza y liderazgo como cualquier animal.

El viaje fue largo. Apenas llegaron a la poza natural de agua, y con el cansancio, se quitaron la ropa, la dejaron a un costado y se lanzaron a refrescarse. Pero la alegría no duró mucho: escucharon la primera campanada. En cinco minutos terminaría el recreo. Salieron del agua a toda prisa y trataron de vestirse para subir hacia la escuela.

Luego venía el juego de batalla entre dos: sumergir al otro. Demandante en fuerza y resistencia. Terminadas las horas de estos ejercicios, agotados, se sentaban al borde de la poza, desnudos, como secándose. El sol no llegaba muy fuerte, pero siendo enero se tenía sol, y eso era muy bueno en la sierra, donde la estación es de lluvias y nublado. Permanecían en el agua unos sesenta minutos; para secarse y luego vestirse se tomaban otros treinta, en una charla amena sobre fútbol y las vaquitas.

Corrían desesperados con la ropa ajustándose apenas con una mano, mientras con la otra se aseguraban de caminar sobre las ramas suspendidas. Las ramas quedaban como a un metro del piso del terreno, y los sacarían hacia un piso firme. El peso tan ligero de los niños hacía que las ramas les permitieran desplazarse cual aves, sin caer al piso poblado de lagartos, serpientes y agua empozada. El tiempo avanzaba. La campana tocaría en cualquier momento por segunda vez.

En una de esas oportunidades recordaron algo.

—Yo no me sumerjo cuando está Mapache —dijo Héctor—. Es muy malcriado. Te pisa la espalda y no te deja salir cuando ya casi te ahogas. La vez pasada me hizo tomar agua y casi me ahogo.

Mapache era el apodo de uno de los amigos que vivía en un puesto del mercado de abasto.

—Siempre ese cojudo es abusivo —dijo Willy, su primo, como confirmando lo dicho—, pero con los que no pueden responderle. Si me hace eso a mí, lo paro en seco.

Ingresaron, y directo el profesor los envió al paredón. Llegaron cinco minutos tarde.

Con la voz gruesa y militar dijo:

—Juvencio, cárgalo.

Cogió su vara gigantesca.

—Toma esto por tardón. Toma este otro por ensuciar la ropa.

Soportando el dolor, comiendo lágrimas con sabor a moco, se sentaron avergonzados. Juraron no volver más a ese lugar de Shapash, tan difícil para volver a tiempo.

El médico recordó la última cita. Hablaron con cierta comodidad sobre ciencias. Yo le recordé:

—Un físico no puede morir tan fácil.

Efectivamente asintió, recordando la última vez que lo visitó en su consultorio.

La oportunidad llegó. El encuentro de Mapache y Willy se dio ese día, como si estuviera programado con anuncios en los diarios. Se enfrentaron. El reto inverosímil: ¿quién ahoga al otro?

Nos sentamos al borde de la poza. El jefe daría la señal del inicio de la lucha. Comenzaron con ademanes de improvisar, buscando ser el primero en hundir al otro. De pronto, uno agarró al otro de la cabeza, quiso hundirlo, pero no pudo sostenerlo lo suficientemente fuerte. La respuesta fue inmediata: el otro desapareció por debajo del agua oscura, lo cogió de los pies y lo tumbó. Ambos desaparecieron de la superficie.

Procedió a tomarle la presión y le recomendó que se haga el examen postergado casi un año.

—Y vuelva para ver cómo está ese corazoncito. Ya le dije que hay una imperfección en las coronarias, pero el examen de rayos X lo dirá con certeza.

Sacó la cabeza Willy. El tiempo discurría y ya se sentía ganador. Sin embargo, tres metros más abajo, Mapache surgió como un tiburón, lo cogió por la espalda y lo sumergió. Lo tenía pisado. El tiempo avanzaba, pero Willy también subió, como un delfín. Así estaban, turnándose la oportunidad. Eran gladiadores. Luego de varios intentos, ambos, cansados, subieron al borde y se recostaron sobre el pasto para descansar, agotados.

—En realidad recibimos nuestro castigo por llegar tarde —dijo Efra—, pero Gela aún no llegaba.

Solo... Tal vez se enredó en las ramas del pajonal y cayó. De repente necesita ayuda para subir del piso sucio, trepar a las ramas y caminar sobre ellas. Su mente no le dejaba pensar en su amigo. No tomaba atención de la clase que daba el estricto profesor.

Entonces Javi, como siempre el sabio del grupo, habló con voz calmada:

—Casi han muerto, cada uno. Ustedes son muy fuertes, les diré, pero de nada vale que se peleen. Son nuestros amigos, vivimos en la misma cuadra. Nuestras madres llorarían de por vida si les pasara algo.

Los levantó y les dijo, tomándolos por el hombro:

—Dense la mano. Abrácense. Somos amigos.

Las palabras respondieron a los sentimientos de todos. El jefe y los demás aplaudieron, motivándolos, confirmando la intención. Ellos se abrazaron. Se convirtieron en los mejores amigos. Y el grupo se unió más todavía.

De pronto se escuchó algún golpe en la puerta. El profesor volteó y dijo:

—Alguien está tocando la puerta. Alumno Toro, abra por favor.

La sorpresa fue grande. Todos los alumnos voltearon para mirar. Era Gela, con la frente rasguñada, la ropa ajada y sucia. Gimiendo, balbuceando, lloraba mientras intentaba explicar.

—¿Qué le pasó? Tome asiento —el profesor se le aproximó, muy preocupado, corrió a darle ayuda. Pero volvió a insistir—: ¿Qué le pasó? ¿Con quién fue?

Contó que fue yendo a Shapash, la poza de agua natural. Se bañó, pero cuando escuchó la campana salió presuroso. Se cambió la ropa como pudo. Al subir por las ramas suspendidas sobre el piso, su correa mal puesta se enganchó en una piedra y cayó al piso, debajo de las ramas. No pudo volver a subir al ramado, así que siguió por debajo, trepando la colina. Allí había lagartijas, ranas, culebras. Sorteando todo eso logró salir.

—Fui solo, profesor.

Gela fue muy valiente. A pesar de la situación, no denunció a nadie. En realidad, él fue con otros amigos, los de siempre. Pero por la premura de la puntualidad, tan exigida por el profesor, olvidaron al amigo. Lo dejaron solo.

Terminada la clase, lo abrazaron, lo arrullaron y le exaltaron esa demostración de amistad: no denunciarlos para que fueran castigados con la rudeza del profesor. Pero sí, todos juntos hicieron el pacto de nunca separarse pase lo que pase.

Si vamos los tres, volvemos los tres. Nunca dejar al amigo.

Terminó su entrevista, con el médico, sus palabras fueron un bálsamo de tranquilidad. Así, salió de la clínica pensando en una taza de café urgente. Requería saborear el alivio que sentía.

Tomó su pluma viajera y el cuadernito. Escribió esta historia mientras degustaba el amable momento acompañado del sabroso café.

Mañana será otro día. Será otra prueba, otros resultados. Con los exámenes volverá a la cita. Y con ello toda la preocupación que brota en visitas a la clínica.

 

La Pluma del Viento
Lima, 20 de enero de 2026


NOTA. 

Si llegaste hasta aquí te propongo una ayuda:

Un experimento narrativo sobre memoria, agua y tiempo

¿Cuántas historias puede contener un solo texto? En Pozas de Amistad se entrelazan tres relatos sin aviso previo, como los pensamientos que surgen en una sala de espera: la infancia en la sierra peruana, una travesura escolar que termina en abandono, y un hombre adulto frente a un diagnóstico médico incierto.

La técnica narrativa es deliberadamente desafiante. Las historias se superponen sin transiciones marcadas, obligando al lector a convertirse en detective de su propia lectura. ¿Dónde termina un recuerdo y empieza otro? ¿Cuántas pozas hay en este texto?

Este texto explora la memoria como funciona realmente: no en línea recta, sino en saltos, asociaciones, ecos. El agua que casi ahoga al niño dialoga con la sangre que falla en el adulto. Los pactos de lealtad infantil resuenan en la soledad del consultorio médico.

Al final, una revelación: todo lo que acabamos de leer es lo que el personaje escribe en un café, después de su cita médica. La ficción se muerde la cola.

Pozas de Amistad es un texto que exige atención y recompensa el esfuerzo. No es lectura pasiva—es colaboración entre quien escribe y quien lee.

Advertencia: Este cuento no separa sus historias con títulos ni avisos. El reto es tuyo.


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