jueves, 12 de febrero de 2009

Escuelita de mi Vida: La Pre 351




Cuando recuerdo mi infancia en los años 60 imagino las duras y gastadas carpetas de madera, el “block” de anotaciones y los cuadernos forrados con papel azul, etiqueta roja y “vinifan”, donde trabajábamos las tareas de los cursos “en limpio”. El único libro que portábamos eran las enciclopedias, Venciendo o Fanal, los usábamos diariamente. Estaban usaditos pero bien conservados, nuestros hermanos mayores los habían cuidado muy bien y con seguridad de nuestras manos pasarían a otras, por ello no nos permitìan anotaciones.


Con el ajado maletín de cuero que colgaba sobre nuestro hombro subíamos y bajábamos las pircas de las chacras, cuando en las guerras que a puro coyllumpi nos enfrentábamos en el bosque de don Martín Vásquez en Chiccho o cuando bajábamos a Shapash a través de enredados matorrales para un buen chapuzón. Los lápices, regla, borrador, que contenían los cuidábamos como oro, pues sabíamos de la “tanda” de las madres en caso los perdieses, a pesar de eso de vez en cuando los usábamos como arcos para los partidos de fútbol que en alguna calle iniciábamos.


La pizarra de cemento y color negro, yacía al fondo del aula, el pupitre del profesor a un costado, luego dibujos, cuadros, mapas, símbolos patrios y otros adornaban sus paredes, nuestra escuela era de las mejor acabadas en la ciudad, por no decir la mejor, su ventanas altísimas para nuestra estatura, solo servían, como debe ser, para dar paso a la luz en grandes cantidades, no para distraernos ni oír el bullicio de las calles. Allí en lo alto a casi 4 o 5 metros estaba el techo, los terrados se entrelazaban y se veían fuertes lo suficiente para darnos seguridad ante los estremecedores truenos y rayos de las abundantes lluvias de algunos meses del año. En la parte posterior del aula había espacio para improvisar ejercicios de teatro, cantos, depositar herramientas didácticas, hasta incluso montar un museo propio.


Las mañanas frías y desagradables de los lunes las iniciábamos con la entonación del himno nacional, en el patio donde todas las secciones formábamos en columnas, los mas pequeños desaparecíamos tras los mas altos. Con la voz afinada de profesores y músicos a la vez, como don César Figueroa y Oswaldo Vicuña, las voces de los pequeños gorriones escolares estremecían y alegraban a los inmensos cipreses y eucaliptos que adornaban los pasadizos, patios y el bosque de nuestra escuela.Aguardábamos el recreo con ansiedad, la campana a mitad de la mañana, anunciaba el ¡din, don! ¡din don! de la ¡Libertad!. Salíamos cual peces en el rio, directo al bosque a jugar el subibaja con árboles caídos, o a cazar arañas y alacranes desmontando las piedras de las pircas, o jugar un partidito Cahuide - Tarapacá o Alianza – U. De vez en cuando los encuentros eran tan competitivos que algunos volvían al aula con las narices coloradas y golpeadas o chinchones en la cabeza.


Con alegría iniciábamos en la tarde nuestras clases de carpintería, el profesor Quispe sabía que con esas enseñanzas alguno de los alumnos se ganaría la vida, por eso era muy exigente y meticuloso, lo mismo pasaba con Oshva en mecánica, metiendo carbón para la fragua, martillando el latón o soldando. En zapatería don Feliciano, cual abuelito, con paciencia y regaños nos enseñaba a preparar la suela, las estaquillas, los chinches, el cáñamo, pero mientras pestañeaba preparábamos “cocos” para nuestros falsos “chimpunes”. En industria, don Cástulo, nos estimulaba a conocer y usar los colores naturales de las plantas que luego se convertirían en tizas y acuarelas. En agropecuaria, don Crisólogo, nos incentivaba a atender a los pollitos en la granja y a preparar el compus, para abonar la tierra para el almacigo y luego llevar a la siembra y alcanzar la cosecha. El curso no acababa si no participabas de la venta de los productos en la feria del mercado y reforzar la cooperativa estudiantil.


Las clases aun no habían concluido al salir de la escuela, pues ante la cercanía de una actividad deberíamos preparar una obra teatral. Nuestras madres estaban avisadas que a la salida iríamos a la casa del profesor para ensayar, allí con la seriedad de actores calificados, cantábamos, declamábamos, día tras día, teníamos que volver a encantar al auditorio del teatro municipal, y poner nuevamente en alto el nombre de nuestra escuelita 351 tal cual lo hicimos en la excursión a Huari.


Hoy mientras leía los diarios sobre la educación y las opiniones de eminencias, expertas en enseñar en escuelas privadas de mucho dinero y capitalinas todas, recordé a mi escuelita, a mis profesores don Anatolio Calderón, Jorge Bravo y Arcadio Zubieta y a mis amigos Efra, Calolo, Milo, Quique, Gela y Javi chiuchis de entonces, hoy caminantes que nos alumbran con sus huellas en la tierra y el mas allá, con nostalgia, que no significa tristeza, por el contrario, alegría, alegría por reconocer y comprobar que en ese pequeño pueblo de Chiquián, tuvimos una primaria, revolucionaria en metodología de aprendizaje, y que hoy en Lima, los mas adinerados quisieran tenerla.


¡Si o no Javi, tú que desde el infinito ves todo, sabes que mucho valió crecer en Chiquián y estudiar en nuestra escuelita 351!


Lima, 17 de febrero de 2008

1 comentario:

ARMANDO ARNALDO ALVARADO BALAREZO (NALO) dijo...

Acuchito:

Con el corazón embelesado por el recuerdo de LA PRE 51, no podía irme sin dejar una pequeña semblanza que escribí hace un tiempo, en homenaje al Sr. Director CÉSAR FIGUEROA CUENTAS:

Si recordamos el camino recorrido por nuestro pueblo como vía que conduce al desarrollo sustentable, observaremos que en la última centuria el magisterio ha jugado un papel de primer orden en su avance; de ahí que los que pintamos canas nos enorgullecemos de los maestros del ayer, como se enorgullecerán de sus educadores los que ahora están en las aulas; porque el título más honorable en Chiquián es el de MAESTRO.

Lo que voy a expresar del señor Director CÉSAR FIGUEROA CUENTAS, es un breve bosquejo de su hoja de vida, unos trazos de su retrato como Padre, Ciudadano ejemplar y Maestro, tarea educadora a la que consagró toda su existencia. Esta última faceta la conozco en cierta medida, pues desde hace poco más de tres décadas, sigue siendo mi quehacer en las aulas castrenses; feliz coincidencia que me animaba a visitarlo cada vez que iba a Chiquián cuando se desempeñaba como Director de la Escuela Pre Vocacional de Varones 351. En cada visita no se olvidaba de mencionar a los maestros que estaban bajo su dirección, sintiéndose muy contento con la labor de todos ellos, elogiándolos de manera recurrente. Su palabra fluía como agua cristalina apagando la sed de quienes acudíamos buscando su sabiduría. Asoma a mi memoria una mañana donde se apenó mucho al recordar a un maestro que tuvo en Lima. Decía que no alejaba su vista del libro mientras les dictaba su contenido, pero que a la hora de los pasos les pedía látigo en mano que repitan de memoria todo lo escrito.

Charlar con él, era un constante aprender. Siempre repetía, que el alumno está pendiente del maestro: de su pulcritud, de sus modales, de sus valores; ellos graban y aprenden todo lo que ven. “No sabe Ud. (era su manera de tratarme, a pesar de ser su sobrino), la alegría que siente el maestro cuando enseña a leer y a escribir a un niño, son imágenes que no se olvida”, puntualizaba. Cuando una vez le pregunté por su empeño para lograr la creación del Colegio Nacional “Coronel Bolognesi”, me dijo: “sentía mucha nostalgia cuando veía partir a los alumnos hacia Lima o Huaraz a su egreso del 351 o del 378, muchas veces alejándose de sus padres, por esta razón también luchamos en las calles para que Ancash tenga su universidad y lo conseguimos”, y se paró sonriente. “Quizá no lo crea señor Alvarado, pero en las paredes y en los cipreses siempre quedan los recuerdos de los alumnos”, subrayó mirando por la ventana el patio de la escuela; luego con sus manos hacendosas sacó del cajón de su escritorio un fajo de papeles y apretándolos con sumo orgullo a su pecho, señaló que eran los exámenes de los alumnos que egresaban ese año, quienes algún día serían excelentes profesionales. “Los padres no deben perder de vista el aprendizaje diario de sus hijos y no esperar todavía que le lleven la Libreta de Notas, pues la supervisión permanente incrementa las oportunidades de éxito de su hijo”, me repitió hasta en cinco oportunidades. “Todo es importante en el proceso enseñanza / aprendizaje: un buen desayuno, las tareas escolares hechas oportunamente y no desvelándose a última hora, porque los niños deben dormir lo suficiente. Una primera etapa escolar deficiente, hace muy vulnerable a un hombre, porque en esta etapa se construye su personalidad, por eso el maestro de escuela es pieza fundamental en la sociedad y el mejor referente para un niño”, recalcaba con énfasis. Cuántos sueños, cuántas esperanzas del maestro Figueroa guardan las aulas de 351, siempre abriendo caminos junto a sus colegas, porque él también compartía su tarea de Director con el dictado de clases, de lunes a viernes desde antes de las 8 de la mañana hasta el ocaso y de 8 AM al mediodía los sábados.

Su humanidad para con los niños, adolescentes y jóvenes que nos cruzábamos con él en las veredas del pueblo, siempre fue un ejemplo de vida y un bruñido espejo para mirarnos a diario. Hoy su ejemplo brilla en el sol que cuida nuestros campos, en la lluvia que fecunda la semilla del saber, en el viento que refresca el sudor de nuestra frente y en el trino de las aves que abren la mañana junto al tañido de las campanas llamando a clases. Elevo la mirada al cielo y lo veo iluminando nuestros pasos con sus pupilas de ébano junto al Divino Maestro. Viene a mi memoria su mirada tierna pero profunda que expresaba su fortaleza interior, fulgor que no se apagará porque está en el corazón de todos sus familiares que lo recordamos con cariño y en las mentes de los seres humanos que extrajeron valiosos conocimientos de su venero magisterial.

La responsabilidad ante el pueblo bolognesino: ése fue el norte del Director Figueroa, suprema responsabilidad que muchas veces nosotros, jóvenes, adultos y viejos, regateamos, pero que es necesario como el pan de cada día, para estar siempre al nivel de las exigencias de nuestra generación, que es la época de la realización de los sueños de los maestros que partieron al cielo. Un Director nada afecto a los premios ni a los halagos, poco usual en la labor directriz; sólo su memoria pervive en el epitafio con su nombre, que en su diario peregrinar sujetan con sus manos los niños que bajo su faro luminoso se hicieron hombres de bien.

Tal vez este breve esbozo no refleje en su real magnitud la riqueza de su personalidad; como su apariencia un tanto seria, quizá provocaba cierto temor reverencial en los que no lo trataron personalmente, pero poseía un corazón amable y una gran sensibilidad. Parco en palabras, se le escuchaba con sumo respeto y atención, en la seguridad de que en su voz siempre había enseñanzas valiosas. Estudioso infatigable como buen paisano del Sabio Santiago Antúnez de Mayolo, así como poeta y músico excepcional, como su paisano Jacinto Palacios Zaragoza. Hace poco más de una década que acudió al llamado del Señor cuando frisaba los 87 años de edad, dejando profundas huellas que son seguidas por el pueblo chiquiano.

Sé que no volverá físicamente señor Director César Figueroa Cuentas, pero hoy no pensaré en su obra en tiempo pasado, sino en tiempo presente; y así será por siempre para su glorioso 351 de Chiquián donde late su corazón. El corazón de un GRAN MAESTRO PERUANO.


DESCANSE EN PAZ MAESTRO CÉSAR